Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 2 de diciembre de 2018

Colores

     Sucedió el pasado mes de noviembre. Mientras en las carreteras francesas el movimiento de los chalecos amarillos expresaba su rechazo ante la subida de impuestos en los carburantes, centenares de personas vestidas con camisetas de color naranja o amarillo, según procedieran de Avilés o de La Coruña, se manifestaban por las calles de esta última ciudad contra el cierre de las factorías Alcoa. Lo mismo había ocurrido antes mucho más cerca de nosotros con las camisetas negras de la minería o con las moradas de Everest. Y en Cataluña con sus lazos amarillos o en la enseñanza con sus camisetas verdes. O con la marea blanca de la sanidad. Y con los partidos, cada cual con su tono propio: el rojo, el azul, el naranja, el morado… Y con los bancos con sus colores corporativos. Y con el fútbol: los blancos, los azulgrana, los rojiblancos… Y con sus selecciones, donde unos son de la roja, otros son los azules y los terceros, la naranja mecánica. Rodeados estamos de colores que no son tal, sino que pretenden ser mensajes por sí mismos.

     Frente a la vida, que tiene más de blanco y negro que de policromía, resulta que nos envuelve una gama de colores que va resultando insuficiente ya para tanto contenido. Tiempo atrás, los únicos colores significativos eran los de las banderas, que hoy se nos aparecen desteñidos a fuerza de tanto manoseo sobre ellas. También los poetas gustaban de incorporar el color a sus lenguajes con ese afán sinestésico que caracterizaba a muchos de ellos. Hoy, como ocurre con casi todo, el color es puro comercio o intención de identidad. Lo primero porque no existe lo que no es consumible. Lo segundo porque andamos necesitados de ser. Incluso de ser con otros, lo cual es una auténtica rareza que es preciso disimular. Por eso el color es sólo puro envoltorio y lo que expresa es en todo caso la ausencia de comunicación verbal entre individuos. Nos pintamos, nos tatuamos, nos vestimos de color para ser algo y mostrarlo sin necesidad de palabras que se desvanecen.

Publicado en La Nueva Crónica, 2 diciembre 2018

domingo, 25 de noviembre de 2018

Agua

     Mediado era el presente mes cuando, en pleno barullo parlamentario, una iniciativa pasó casi desapercibida a pesar de su interés, sobre todo de cara al debate que pueda suscitarse en las elecciones municipales del próximo año. Aunque no sólo, porque el asunto del agua es perenne y va más allá de toda cita electoral.

     Ocurrió que el Parlamente aprobó una moción que insta al Gobierno a efectuar modificaciones legales para fortalecer la autonomía municipal en la gestión de un recuso esencial como el agua. Así mismo, esas modificaciones habrán de permitir que los municipios gestionen de forma conjunta todo el ciclo del agua. Y, en suma, rescatar el servicio, si fuera el caso, de la venta a que fue sometido en años anteriores y devolverlo plenamente al ámbito público. Cabe señalar que el único voto en contra fue el del grupo del PP.

     Y traemos esto aquí porque instamos, en efecto, a que estas posibles acciones se conviertan en motivo de discusión y compromiso en la próxima campaña, especialmente en la ciudad de León, donde la batalla por al agua pública figura en la memoria local como un momento crítico del devenir democrático en nuestro ayuntamiento. Fue en el año 2009, gobernando entonces Francisco Fernández, cuando la intención privatizadora, que finalmente se consumó, animó la contestación de la ciudadanía en defensa de lo que muchos entendemos como un derecho humano fundamental: el acceso al agua potable y al saneamiento. Y que deben ser las administraciones públicas quienes lo garanticen sin convertirlo en negocio para terceros. Hubo entonces manifestaciones notables, jaleo de los plenos, recursos judiciales y todo tipo de expresiones de rechazo, que no modificaron la necedad política de aquel equipo de gobierno. Naturalmente, por eso, pero no sólo por eso, fueron castigados en las urnas.

     Ahora es el propio Partido Socialista, junto a Unidos Podemos, quien reclama al Gobierno una Ley de Bases para la regulación de los servicios de agua y saneamiento. Bienvenida sea.

Publicado en La Nueva Crónica, 25 noviembre 2018

viernes, 23 de noviembre de 2018

NURIA ANTÓN: Cárcel

LA AUTORA
     Nuria Antón es generosa. Lo es en las causas a las que se entrega y lo es así mismo en su relación con la escritura. También con otras expresiones artísticas, pues ese derroche suyo le lleva de un modo inevitable a explorar todas las formas de comunicación a su alcance. Quizá por eso habla mucho, como si en ello le fuera la vida. Porque sus inquietudes son notables y le brotan a borbotones. También su poesía tiene a veces esa misma condición. No es compulsiva, pero escribe y publica con empeño. Cada edición es un festejo para ella, al que invita a todos los poetas sin frontera. Y a todos los seres anónimos vinculados por sus palabras. Una multitud agradecida.

EL LIBRO
     Un libro de auténtica madurez en el quehacer poético de Nuria. Un libro trabajado con mimo y con honradez humana. Un verdadero manual para andar por la vida. Una terapia lírica frente a un episodio de dolor. Para leer con sosiego.

EL TEXTO
Las orillas del Bernesga
se parecen al asfalto de las calles de Manhattan
cuando el río va descalzo.
La espera es como el tiempo de sequía;
se puede ver el cauce desgastado
y las horas mezclándose en el lodo.
Recuerdo el río jugando entre las piedras
y los peces escondiéndose en sus pozos.
Ahora,
el tiempo se entretiene
recorriendo los pasillos de fríos hospitales
mientras yo, en la orilla,
soy el pez que boquea
con los labios

atrapados en su anzuelo.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Colateral

     Porque los entornos bélicos no concluyen nunca y su léxico se acomoda con facilidad en nuestros lenguaje cotidiano, conviene tener muy en cuenta un término relativamente joven: colateral, es decir, el efecto secundario de siempre tamizado por la información militar. Hablamos, pues, de aquello que se deriva o es consecuencia de otra cosa principal que se pretende.

     La propaganda, por ejemplo, es dueña y señora de la colateralidad: no sólo difunde un producto determinado, sino que crea la necesidad del mismo en muchos consumidores que desconocían previamente ese artículo, y que por tanto no lo necesitaban, a la vez que genera determinados estados de ansiedad o, mucho peor aún, ciertas formas de percibir la realidad. Valgan como muestra, para el primer caso, todo lo relativo al juego y las apuestas y, para el segundo, la invasión de alarmas y artilugios para asegurar la seguridad. Lo primero ha disparado las adicciones. Lo segundo fortalece el miedo. Ambos, adicción y miedo, son, junto a otros, mecanismos propios de esta edad actual para garantizar ciudadanos pasivos, unos anulados directamente por la enfermedad, otros alienados por el temor o por la imitación.

     Pero no se trata de limitar las artes y los poderes de la publicidad, que en muchos sentidos han hecho evolucionar para bien buena parte de nuestras comunicaciones, sino, como siempre, de alertar a emisores y receptores a la hora de emitir o recibir mensajes. Esto es, razonar y ser razonables.

     Ocurre así también con los excesos sentimentales vinculados a la raíz territorial, como vemos y sufrimos hasta el hastío en nuestro entorno y en otros más alejados. El denominador es común. La demanda justa de lo local frente a lo global o lo externo no acaba con estos sino que tiende a pudrir aquello. Por lo tanto, colateralmente, bien haríamos todos en medir nuestras reivindicaciones, no para amortiguarlas o desterrarlas como los más recalcitrantes quisieran, sino para ajustarlas al más que complicado discurso de la razón.

Publicado en La Nueva Crónica, 18 noviembre 2018

domingo, 11 de noviembre de 2018

Romanticismo

     Seguramente no hay mes más propicio para el romanticismo que noviembre. Puede que sea a causa de su colección de hojas muertas; tal vez porque viene precedido de santos y difuntos y porque en tiempos más literarios que el presente se adornaba así mismo con la figura del Tenorio, que aparenta romanticismo, aunque en realidad es pura traición al espíritu originalmente romántico: no hay nada peor que un héroe que se arrepiente ante la perspectiva de los infierno, que es lo que le sucede al personaje de Zorrilla. No así al de Tirso de Molina, que en esos menesteres era mucho más coherente a pesar de situar su peripecia en el siglo XVII.

     En realidad, de aquellos barros provienen muchos de nuestros lodos. ¿O, tratándose del Don Juan, sería mejor decir de aquellos polvos? Lo cierto es que la consagración del individuo y de su libertad incontestable como tal, que es una de las máximas de ese romanticismo decimonónico, cimentaron una línea de pensamiento y una forma de ser que, tras otros episodios históricos intermedios, cobra esplendor en nuestros días. No tanto por lo romántico, género mustio, ni por el personaje referenciado, sustituido por la calabaza, como por el individualismo rampante sin más contemplaciones.

     Más cerca en el tiempo, hemos de reconocer que mucho daño hicieron los hippies y el mayo del 68, otros dos baluartes del mismo individualismo, que para la cultura de las izquierdas supusieron casi su definitiva desorientación. El año que ahora concluye, que ha servido precisamente para la exaltación nostálgica de aquellos dos movimientos, lo ha vuelto a poner de relieve si atendemos a su herencia política. Adorados por la izquierda en virtud de sus supuestos valores contestatarios, nadie mejor que las factorías del pensamiento de derecha supo aprovecharse de su mensaje para elevar a los altares la individualidad frente al colectivo y anular así, poco a poco, toda cohesión social y todo discurso apoyado sobre el común. Por eso gustan los románticos de las ruinas.

Publicado en La Nueva Crónica, 11 noviembre 2018

domingo, 4 de noviembre de 2018

Susto

     El susto, tan cercano a la muerte y tan lejano del trato, incorpora sin cesar nuevos nombres propios al catálogo de los horrores: Bolsonaro, Trump, Putin, Duterte, Orban, Salvini… por citar sólo aquéllos que han tocado poder  recientemente y obviar a todos los que quedan en cola babeando. Nombres todos ellos masculinos, por cierto, aunque Madame Le Pen les ande rondando con algo más que ansiedad. Es la estirpe de la barbarie que tiende a renacer, en gran medida por causa del miedo, tan próximo al susto y tan alejado de la razón.

     Hablamos del miedo a perder los privilegios (de raza, de sexo, de religión, de clase social, de país) en tiempos de incertidumbres y manipulaciones sin límite. También del miedo venido del fracaso de los sistemas políticos tradicionales, cuyo fermento se acerca a la podredumbre. La descomposición de uno y otro régimen a cada lado del viejo muro nos demuestra que ni uno ni otro sirvieron para desterrar la ignorancia ni para fortalecer los valores humanos sencillamente dignos. Al contrario, salidos de aquellos esquemas tradicionales, ciudadanos y ciudadanas de uno y otro flanco, con sus líderes a la cabeza, viraron el rumbo como lo haría un péndulo maleducado y dieron, dan lugar todavía, a expresiones absolutamente antitéticas a aquellas para las que fuimos escolarizados. Tanto estudiar para esto, diría mi padre.

     Por ese motivo, si bien se observa, el espanto no procede sólo de los nombres citados sino de las masas de votantes anónimos que los elevan a esa posición. Quiere ello decir que viven entre nosotros de una forma muy activa el racismo, el patriarcado, el dogmatismo, la explotación y la xenofobia: el culto a las cadenas, en suma. Y que su alimento principal es la desigualdad, sobre cuyas brechas crecientes se construyen los discursos ahora triunfantes. Volvemos, pues, a situar el infierno en los otros, pero no ya a título individual, como predicaba el existencialismo, sino para sembrar el pavor y humillar a las conquistas de la razón.

Publicado en La Nueva Crónica, 4 noviembre 2018

domingo, 28 de octubre de 2018

Buñuelos

     Buñuelos llenan los días de otoño la pastelería nacional. El surtido de productos es amplio en los estantes, pero pocos son tan consumidos como esta pasta dulce que tiende a hincharse en la sartén al prepararla. A partir de una pequeña cucharada de masa obtenemos una bolita que puede resultar grasienta si no se tiene el tino suficiente para eliminar el exceso de aceite. Por lo demás, bien consumados, llegan a ser hasta adictivos.

     Como bien se sabe, los buñuelos pueden ir rellenos de crema, de mermelada, de jalea de ciruelas, de compota de manzana o de cabello de ángel… Con todo, la versión más extendida en el negocio son los buñuelos de viento, es decir, los que consisten en el puro envoltorio sin más, un vacío de harina, manteca y huevo. Incluso cuando llevan algo dentro, no siempre se identifica el contenido si la dulzura se eleva a su máxima expresión, como ocurre en obradores de calidad dudosa. Por último, el repertorio buñuelesco se completa con las fórmulas de la nouvelle cuisine, donde uno no llega a saber nunca lo que digiere, pero resulta moderno y televisivo.

     Los hornos de todas las sucursales de la pastelería nacional están a pleno rendimiento, han superado los limites estacionales y culturales y fabrican buñuelos a toda máquina. Seguramente porque se consumen. También se exportan. Bandejas repletas se aprecian en escaparates de aquí y de allá sin importar las posibles contraindicaciones. Porque también indigestan sin llegar necesariamente al extremo del atracón. Los empachos suelen ser muy agudos en campañas electorales, por ejemplo. O en tiempos turbios como los presentes. Sobre todo producen un daño mayor si se mezclan con otros productos de la misma pastelería: el efecto suele ser muy tóxico.

     En suma, conviene estar alerta al adquirirlos, no dejarse llevar por instintos primarios, sopesar quién nos los ofrece y con qué intenciones, calcular los daños y tener en cuenta que hay otras pastelerías e incluso, no lo duden, otros proveedores de alimento.

Publicado en La Nueva Crónica, 28 octubre 2018

domingo, 21 de octubre de 2018

Huracanes

     De Leslie a Michael, vivimos entre huracanes. O tormentas tropicales, o ciclones, o borrascas, o lo que sea. El caso es que sea. Por lo general, después de una tragedia como la sufrida en un rincón de la isla de Palma de Mallorca, las agencias meteorológicas y los informadores del tiempo se afanan en acertar con los pronósticos y demostrar así que el drama fue una simple imprevisión, una fatalidad tormentosa. Es decir, se impone la sobreactuación y el espectáculo: mapas a diestro y siniestro, periodistas en medio de inclemencias variadas, conexiones en directo con expertos y responsables de protección civil… Y, al cabo, poco más que una gota fría. Afortunadamente, se dirá, y es verdad, pero mientras tanto todos hemos vivido pendientes del diluvio que se nos venía encima a la espera del siguiente episodio de Operación Triunfo.

     Es una señal más de estos tiempos en los que se impone el efectismo. El clima cambia, ciertamente, pero también lo hacemos cambiar a través de los medios de comunicación. No hay mejor muestra de ello que las informaciones sobre el tiempo en cualquier emisión de noticias: de Mariano Medina a Mónica López no sólo ha transcurrido más de medio siglo cronológico, sino también tecnológico y sobre todo en términos de representación teatral. Las explicaciones de esta última llegan a ser agotadoras.

     Es lo que ocurre también, como bien sabemos, con la sobreinformación: satura. O con las anécdotas convertidas en materia de Estado, tal y como sucedió con un error de protocolo en la fiesta nacional o con el adjetivo palmera en una sesión del Parlamento. Convertimos lo trivial en un mundo. Por eso mismo no nos pueden extrañar los excesos históricos de la religión catalana o la revisión imperial del descubrimiento de América por parte de Pablo Casado. Para no hablar de lo que hay que hablar y hacerlo además con rigor, convertimos en huracanes los temporales cotidianos con la mayor de las frivolidades. No es nada nuevo, seguramente, pero es lo que se lleva.

Publicado en La Nueva Crónica, 21 octubre 2018

domingo, 14 de octubre de 2018

Carbón

     No hay en estos tiempos otra materia prima más denostada que el carbón. Razones se aportan de todo tipo para ello, en especial lo que se refiere a su capacidad contaminante y a su explotación subsidiada.

     Lo primero, siendo una evidencia, se combate con tecnología y aun así no está demostrado su éxito. Pero lo cierto es que la suciedad y sus consecuencias no se reparten por igual entre los países productores, lo que condena a unos a sacrificios importantes y a otros a mirar para otro lado. Nos referimos a Alemania, sin ir más lejos, donde todavía es el carbón, su lignito igualmente sucio , el principal nutriente para la producción energética y donde el bosque de Hambach se ha convertido recientemente en símbolo de lucha entre lo verde y lo negro. Pero también, un poco más allá, al muy civilizado Canadá, donde las arenas bituminosas dejan una huella bárbara en el paisaje. O a otros países de nombres menos notables o más salvajes en materia ambiental.

     Y en cuanto a lo de las subvenciones, su último capítulo se escribe en forma de disputa entre las tres grandes instituciones de la Unión Europea (el Parlamento, el Consejo y la Comisión), que en menos de dos semanas decidirán el futuro de la producción energética europea. Sea cual sea el resultado de esa discordia, no es menos cierto que subvencionado lo está todo hoy en día, de ahí que la controversia sobre la prolongación o no de las ayudas a las térmicas resulte un tanto pueril si atendemos a que, en la actualidad y cada vez más, casi todos los procesos productivos están sostenidos con fondos públicos. También lo renovable.

     Por último, conviene recordar en esta encrucijada que sobre la relevancia del carbón (y del acero) se construyó a mediados del siglo pasado el primer embrión de la Europa moderna. Y que sobre su consistencia se alzó de hecho la primera unión de países con vocación supranacional. No deja de ser curioso, pues, que la agonía del carbón coincida ahora con la propia de esa Unión Europea hoy tan vilipendiada.

Publicado en La Nueva Crónica, 14 octubre 2018

domingo, 7 de octubre de 2018

Gas

     Si decíamos hace una semana que la factura de la luz daba calambre, diremos ésta que el recibo del gas atufa. Las casualidades en materia de precios no existen y mucho menos aún en determinadas fechas del calendario. Sube la energía de cara a los meses de invierno, cuando se dispara el consumo doméstico por razones obvias, lo mismo que suben los carburantes coincidiendo con las operaciones salida y regreso de cualquier turno de vacaciones. Se podrá argumentar lo que se quiera y todo valdrá, los buitres son expertos en retórica, pero nadie podrá evitar la sensación de ser pastoreado al albur de los depredadores.

     De modo que ahora toca el gas, que nos iba a salvar de los males del carbón y de las térmicas. Y luego subirá el aire, que ya es propiedad de los dueños de los molinillos. Y el agua, que lo es de los señores de los pantanos. Y el sol, que pertenece a los virreyes de las placas de silicio. Y la biomasa, que es moneda para los predicadores de lo alternativo. Aquí no se salva ni Dios, como decía Blas de Otero.

     Si bien se piensa, todas esas materias no son realmente de nadie, son bienes mostrencos, y, en consecuencia, debiera ser la administración del común la que se encargara de regular su uso, comercio y beneficio, sin olvidar nunca que se trata de atender a necesidades básicas para la población. Naturalmente, eso, en estos tiempos, es pura poesía. Pero en tal caso habría que demandar responsabilidades a las comisiones varias, organismo cientos y entidades diversas que se constituyen para el debido control del mercado. O determinar que sobran directamente y firmar su acta de defunción, pues de hecho escasa vida y poder demuestran frente a la voracidad de los lobbys, de los oligopolios y de las demás especies de la carroña y de la usura.

     Con todo, lo más bonito es saber que uno forma parte de eso que denominan Tarifa del Último Recurso, que suena a últimas voluntades o a las diez de últimas, tanto da. Es la constancia de que no pintamos casi nada en este chollo.

Publicado en La Nueva Crónica, 7 octubre 2018