Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 8 de agosto de 2021

Colchón

 


            He comprado un colchón nuevo. Creo que es el tercer colchón que compro en mi vida. Quedan aparte, naturalmente, todos aquellos otros (propios o apropiados, ajenos, compartidos por accidente, alquilados…) que han guarecido mis sueños a lo largo de los años. También dejo de lado otras superficies informales donde arrojé los huesos en alguna noche descarriada. En suma: la historia de los colchones es la historia de la vida, el tránsito que va desde la borra de lana de la infancia, que necesitaba lavarse y varearse al menos una vez al año, hasta estas construcciones de muelles ensacados con recubrimiento de titanio dispuestos en panal de abeja con canapé incluido.

 

            No es cualquier compra, desde luego. Imprevistos al margen, si su rendimiento es tal y como aventura la publicidad que lo precede, posiblemente sea el último colchón que adquiera en mi vida. La última expresión del núcleo de la patria. O tal vez debiera decir matria, siguiendo la hermosa línea de pensamiento de la Vicepresidenta Yolanda Díaz. No otra cosa es una cama: en ella soñamos y en ella amamos, en ella nacemos y en ella morimos; es decir, es el lugar íntimo donde compartimos nuestras quimeras, a veces sólo con uno mismo, y en ellas crecemos. Por eso un desahucio es como privar a alguien de la tierra, convertirlo en expatriado, un individuo obligado a malvivir fuera de la patria.

 

            El cantante francés Henri Tachan repetía en uno de sus estribillos una verdad indispensable: “entre el amor y la amistad no hay más que una cama de diferencia”. ¿Cómo no sentirlo así si uno piensa en todos esos colchones esparcidos por el tiempo y por la geografía, si uno piensa en cuanto fue y es aún, si uno piensa directamente en la vida que se amortigua? Por eso mismo el último colchón es también el amor definitivo. Dije que no se trataba de cualquier compra y digo ahora que no se trata de cualquier amor. Lo que de común tienen entre sí uno y otro es lo del panal de abejas que nutre y vivifica, esa miel, esa jalea, ese dulzor...

 

Publiceo en La Nueva Crónica, 8 agosto 2021

domingo, 1 de agosto de 2021

Estéticas

 


            Cuanto más crece la fealdad a nuestro alrededor, más aumenta en paralelo el gasto estético.

 

            Seis años atrás, la periodista Cristina Manzano, directora de esglobal, afirmaba: “si hay un tipo de actividad que, según el paisaje de nuestras ciudades, no parece haber sufrido con la crisis es el dedicado a la estética en general, y a las uñas en particular”. Se refería entonces a la crisis financiera y a otros cataclismos de la segunda década del siglo. Ahora, en una nueva década y en medio de otra crisis diferente, el éxito económico no sólo se sostiene sino que continúa al alza. Según hemos sabido recientemente, esa industria movió 2.660 millones de euros en España durante el pasado año. El año, no lo olvidemos, de la parálisis y de los confinamientos. El año uno de la enfermedad. Lo único realmente nuevo en ese paisaje fue la preocupación de los llamémosles pacientes por tratar el tercio facial superior, la única parte que quedaba a la vista con las mascarillas. Es decir: mientras la inquietud mayoritaria de la población se centraba en sobrevivir a duras penas y en el desarrollo de las vacunas, había quien se dejaba el tiempo y el dinero en, pongo por caso, la toxina botulínica y en el ácido hialurónico, hasta el punto de que en estos momentos la demanda en estas materias ha aumentado ya un 10% respecto a la etapa precovid.

 

            En fin, en estos tiempos de paradojas no podía faltar la que enfrenta el reclamo de la pureza con lo puramente ficticio, el culto a lo natural con la inflación del afeite, la sencillez obligada por la austeridad con el exceso de quienes nos pensamos un día nuevos ricos. De esa pugna saldrá, está saliendo ya, una sociedad diferente. Y por lo que se ve hasta el momento la balanza se inclina poco a poco hacia el lado cosmético. Recordemos al respecto la evolución significativa del término cosmética: alejándose del original concepto de embellecer ha cobrado, en ciertos contextos, un valor peyorativo cercano a superficial, tramposo, de pura apariencia.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 1 agosto 2021

domingo, 25 de julio de 2021

Nenikékamen

            La atracción por el atletismo me viene (supongo que no seré el único) de los años del bachillerato y del estudio del griego entonces, algo absolutamente impensable hoy en día. De lo uno y de lo otro guardo la memoria de Phillípides, a quien el general ateniense Miliciades el joven encargó recorrer la distancia que separaba la llanura de Maratón de la ciudad de Atenas para dar la noticia del triunfo en la batalla contra los persas. Urgía, porque, tal y como se había convenido, si las mujeres no recibían esa noticia antes de veinticuatro horas ellas mismas, al ponerse el sol, matarían a sus hijos y se suicidarían a continuación. La amenaza persa, de haber vencido, consistía precisamente en saquear la ciudad, violar a las mujeres y sacrificar a los niños. De modo que el bueno de Phillípides, además de haber estado combatiendo un día entero, tuvo que recorrer los 42 kilómetros con tanto empeño que cuando llegó al destino cayó agotado y sólo pudo decir: “hemos vencido”.

 

            Desde entonces seguimos, sigo, mimando ídolos en nuestras almas frustradas y necesitadas de estímulos, muchos de los cuales, claro, los escogemos en desfiles épicos como el que ahora luce Japón. Recordamos la agilidad y la gracia de Nadia Comanesci sobre la barra de equilibrios, la abusiva belleza de Svetlana Boginskaia en las barras asimétricas, la fealdad arácnida de Bob Beamon al caer sobre la arena del estadio, la nariz deliciosa de Walter Magnífico bajo las canastas, las uñas indómitas de Florence Griffit brillando sobre el tartán… Mas, por encima de todos, siempre dos nombres que representan la conjunción de los atletas rupestres africanos y la mecánica germana: Abebe Bikila, el maratoniano etíope, dos veces ganador de la prueba olímpica, que concluyó sus días en una silla de ruedas, y Ulrike Meyfarth, la más extraordinaria saltadora de altura, que ganó la medalla de oro en los Juegos de Munich con tan sólo 16 años. Siempre quisimos ser como ellos, ser ellos, para desafiar las leyes de la naturaleza.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 25 julio 2021

domingo, 18 de julio de 2021

Vacaciones


            Frente a la movilidad compulsiva y la quietud de la peste, he decidido comprarme una camiseta, unas chanclas y una visera e irme de vacaciones por el pasillo de casa.

 

            Nadie se sorprenda, pues, si el primer destino son las playas, cualquier playa, de las Islas Marquesas, cualquiera de ellas, así bautizadas curiosamente por el berciano Álvaro de Mendaña a finales del siglo XVI y que hoy forman parte de la Polinesia francesa. Por allí deambulan todavía los fantasmas de Paul Gauguin, de Jacques Brel, de Herman Melville, de Robert Louis Stevenson y de Jack London. No hay quien dé más. Quizá sea bueno entonces acomodarse en Atuona, la antigua capital, para, entre baño y baño, encontrarse allí con las tumbas de Gauguin y de Brel en el Cementerio del Calvario: “Quiero que se ría, que se cante / mientras voy de las lágrimas al silencio”, entonaba el segundo de ellos.

 

            Hay otro enterramiento y otro islote más cercano adonde dirigirse pasillo arriba pasillo abajo. Me refiero a Grand-Bé, un lugar al que sólo puede llegarse a pie desde Saint-Malo cuando la marea está baja. El que allí descansa, en una tumba de cara al mar, es François-René de Chateaubriand, quien también nos llevó un día por la calle de la amargura: “¡Por tus besos vendería el porvenir!”, se atrevió a escribir. Y a continuación, ya puestos, atravesar en barco la desembocadura de La Rance y alcanzar Dinard, siguiendo la ruta que Éric Rohmer dibujó para el protagonista de su “Cuento de verano”.

 

            De regreso a casa, a través del pasillo, cabe una última opción: detenerse en la isla de Hidra, en el Golfo Sarónico, al sur de Atenas. No hay tumba que visitar, a pesar de la memoria monstruosa del nombre, pero sí ocasión para rememorar el amor allí vivido entre Leonard Cohen y Marianne Ihlen. No quedan ya artistas ni pescadores ni el paisaje es el de aquellos años sesenta, pero resuena todavía la melodía que ellos dos compartieron: “Me olvido de rezar por los ángeles / y luego los ángeles se olvidan de rezar por nosotros”.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 18 julio 2021


domingo, 11 de julio de 2021

Pensiones

 

            Del mismo modo que las olas de la enfermedad van y vienen y nunca parecen conformes con su destino ni nos permiten adivinar cómo será el nuestro en este entorno impreciso, así también, antes, ahora y después de la pandemia, casi todo tiende a la inestabilidad. No es ya que habitemos en una sociedad líquida con un pensamiento líquido, como describía Bauman, sino que más bien ese todo y las partes que lo conforman tienden a lo gaseoso. Al menos el estado líquido era susceptible de ser contenido en una vasija, en un embalse o en la boca de quien lo bebe. En cambio, lo propio de un gas inestable es su tendencia a la inflamación y a la explosión incluso en ausencia de oxígeno. Es decir, que no hay quien lo amanse de buenas a primeras.

 

            Por ejemplo, si lo pensamos bien, nada hay más inestable que un Ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Sobre todo delante de un micrófono. Parece el triyoduro de nitrógeno, tan reactivo que basta con una mínima presión o sacudida para hacerlo explotar. O para que haga explotar un acuerdo sobre pensiones largamente negociado apenas unas horas antes de ser suscrito entre otros por el Presidente del Gobierno del que él mismo forma parte. Sucedió hace unos días.

 

            Y lo que ocurre también es que un gas inflamable llama a otro por simpatía y se produce, claro, una reacción en cadena que no la para ni el más inspirado Unai Simón en una tanda de penaltis. Fue así como, agarrados a un clavo ardiendo, por si necesario fuera más combustible para el zambombazo, a la onda expansiva se sumaron de inmediato los portavoces más reaccionarios y sus ecos mediáticos (o a la inversa), las plataformas de pensionistas que dicen representarnos a todos sin que nadie los haya elegido para tal fin y los economistas más neoliberales que se estimulan cuando huelen la sangre de lo público. De tal forma que lo que era un pacto de estabilidad en materia de pensiones se revienta de inmediato porque en el fondo no sabemos ya vivir sin el vaivén de las olas.

 

Publicdo en La Nueva Crónica, 11 julio 2021

domingo, 4 de julio de 2021

Adicción

            Tampoco era necesario esperar al informe de Proyecto Hombre para suponer lo que estaba ocurriendo: a causa del confinamiento y de otras restricciones recientes, señalan, los problemas con la bebida han aumentado en la provincia de León en más de un 30%. Cabe pensar que eso no habrá ocurrido sólo en esta provincia, sino que, por lo que vemos en otros informativos, la impresión es que el consumo de alcohol ha estallado de forma más que general. Lo que ya no parece tan claro es otra de las aseveraciones que recoge el pensamiento de esa misma organización, al menos por lo que se refiere a esta dependencia: “la adicción es el síntoma de un problema que reside en la persona”.

 

            Residirá, no digo que no, y a solas con ellos mismos habrán bebido (habremos bebido) muchos individuos confinados. Las razones parecen obvias. Sin embargo, esta adicción se expresa, sin confinamientos ya y con restricciones aliviadas, de un modo más bien colectivo (botellones, fiestas, jolgorios varios), lo que demuestra que se trata de un problema que supera lo personal. De hecho, a consecuencia del repunte de contagios debidos en gran parte a esas jaranas, las administraciones sanitarias valoran volver a restringir lo que de un modo eufemístico se llama ocio nocturno. Hablamos entonces de un comportamiento claramente social, inmadurez o falta de juicio de las personas aparte.

 

            Lo que, en suma, debe llevar a preguntarnos qué es eso del ocio nocturno. ¿Acaso no hay otras formas de tal ocio que no consistan en emborracharse? Y de ser así, tanto ahora como en los tiempos prepandémicos en el grado que correspondiera, ¿cómo es posible la pasmosa naturalidad con que se vive y se anima ese desparrame cotidiano? Más aún: ¿privamos entonces del dichoso ocio nocturno también a quienes no salen a embriagarse directamente? Alternar, tomar una copa, charlar tranquilamente en un bar para noctámbulos ¿genera adicciones, enciende contagios? ¿O el problema es el exceso? Como en todo, no mata el veneno sino la dosis.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 4 julio 2021


domingo, 27 de junio de 2021

Publicidad

 


            Volvamos a los primeros días de este mes, al 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente. Recuperemos un diario prestigioso de tirada nacional que esa misma fecha colocó entre sus páginas centrales un cuadernillo titulado “Del petróleo a la economía circular”. Echémosle una ojeada: 28 páginas, 6 de ellas con publicidad directa, 3 para contenido patrocinado y 4 entregadas al publirreportaje. Si exceptuamos también portada y contraportada, resultan finalmente 13 páginas de contenido sobre la materia: el medio ambiente, recuerden. Observemos ahora quiénes se promocionan de una u otra forma en el suplemento: 2 compañías eléctricas, 1 empresa petrolera/gasística, 3 bancos, 1 distribuidora de electricidad, por dos veces 1 empresa dedicada a la gestión privada del agua, 1 compañía de seguros, 1 gestora de inversiones en bolsa, 1  grupo de empresas dedicadas al diseño, producción y comercialización de productos para espacios de baño y una factoría de automóviles a través de su modelo híbrido, naturalmente. Este es el panorama.

 

            Que el llamado medio ambiente sea campo para la propaganda no debe sorprendernos ya. Ha sucedido así con cuantos valores se ponen de moda en un determinado momento y de ello se aprovechan los camaleones. La publicidad es su principal trampolín. Ahora bien, asunto bien distinto es el canal empleado en este caso, un periódico, y su soporte, el papel. Muy mal andan los medios, desde luego, cuando tragan ya con lo que sea, a pesar de arruinar una vez más su crédito informativo. Y peor anda el papel como para malgastarlo de este modo. Porque tampoco los artículos, una vez leído el cuadernillo, merecían ese derroche medioambiental. De manera que esta terrible contradicción puesta una vez más de manifiesto debería llevarnos a pensar si no se necesita un libro ético en los diarios, como sus libros de estilo, que evite tales barbaridades. De lo contrario, el prestigio de la prensa continuará yéndose a pique y bien sabemos que la alternativa es la selva digital.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 27 junio 2021

domingo, 20 de junio de 2021

Estío


            Años atrás, mediada la década de los años 80, la estación que ahora se inaugura pasó a vestirse con un ropaje cultural desconocido hasta entonces. Nuestro ropero podía contar con prendas sueltas o con restos de temporada que remitían también a ese tejido, pero nunca hubo un fondo tal de armario ni una colección confeccionada ex profeso para así lucirse. Aquel desfile de nueva moda se llamó Estival, recuerden, y fue iniciativa de una Consejería de Cultura más habitada entonces por la ilusión que por el aparato administrativo. La dirigía Justino Burgos, hombre inteligente y político cabal, desgraciadamente casi olvidado, que impulsó un programa llamado a suavizar los estíos con músicas, teatros y otras artes. Algunas diputaciones, la de León entre ellas, siguieron el ejemplo y ampliaron la ruta hacia poblaciones menores hasta llenar el mapa del verano con un más que vistoso vestido cultural. Por allí andaban Manuel Cabezas y Alberto Pérez Ruiz, a quienes también conviene rememorar por ello.

 

            Con la llegada de Aznar al gobierno autonómico, en 1987, cambiamos de modista (pasó a serlo un tal León de la Riva) y regresamos al blanco y negro, sin matices, aunque el muestrario de colores había cuajado ya en otras administraciones y fue imposible apagar todo el paisaje. Numerosos ayuntamientos tomaron el relevo en la costura hasta hoy y han procurado, con más o menos éxito, sujetar un cromatismo mucho más veraniego durante los meses de calor. Cierto es que sin continuidad y a veces casi sin método, cada cual tratando de dejar su sello, deslizándose cada vez más hacia lo comercial y haciendo imposible a la postre que se fortaleciera una marca como fue la del Estival. Si preguntan, todavía hoy habrá quien les confiese el bautizo que nos supuso aquella programación y lo bien que nos sentaba el traje.

 

            Ahora que regresa el estío y regresarán también los titiriteros bueno es conocer de dónde venimos, para honrar a quienes lo merecen, y reconocer lo que nos es posible si somos audaces.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 20 junio 2021


domingo, 13 de junio de 2021

Cuarentena

 


            Cuarenta días y cuarenta noches es un plazo suficiente y razonable así para que la existencia tuerza hacia uno u otro lado como para que un virus criminal se aparte de nuestro entorno. Esto hemos aprendido en carnes propias acerca de la dichosa cuarentena y toca ahora aplicarlo con inteligencia en otros ámbitos de la vida donde se requieren treguas y no urgencias, reflexión y no arrebatos, calma y no ansiedad. Reconociendo, eso sí, que la frontera es la que es y que más allá de ella los sueños se hacen añicos y todo lo demás se disuelve en una dilación insoportable. No hay prórrogas en esos partidos.

 

            Pongamos por caso un indulto o cualquier otra decisión política. Su adopción merece al menos su tempo, y la divergencia, proyección. De lo contrario, como nos ocurre, hay prontos y hay reacciones, aunque escaso pensamiento; hay posturas y gestos, pero dudosamente construcción colectiva; hay mayorías y consignas, pero poca democracia. Si antes de que un gobierno decida algo, lo que sea, por lo general algo severo, la oposición se manifiesta ya en las calles, no en el Parlamento, el escenario no es político, sino un hervor de voluntades primarias arteramente adobadas. Y si los partidos políticos no saben de cuarentenas, seamos entonces las personas las que no nos dejemos ir en esa deriva pandémica, tal y como hemos sabido hacer en la del virus, por duro que nos haya resultado.

 

            En otro plano más personal, iracundos y desorientados como andamos tras las cuarentenas reales y sus demás aditamentos, la vida se nos va en repentes, reojos y berrinches. Por no hablar del distanciamiento social que, salvo para botellones y terrazas madrileñas, se nos ha clavado en la piel casi como un estigma. Seguramente nuestras emociones requieran también cuarenta días y cuarenta noches de sosiego, no más, para recuperar tono e impulso y aliviar así las saturadas consultas de salud mental. Al fin y al cabo eso mismo cuentan que duró el diluvio universal y cambió el ciclo de la historia humana.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 13 junio 2021

domingo, 6 de junio de 2021

Luz

 


            “Hágase la luz”, cuentan que dijo un dios, “y la luz se hizo”. Más aún: “vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas”. Así fue al parecer desde el principio y a lo largo de los tiempos hasta que el ser humano, aspirante eterno a la divinidad, inventó la electricidad y aquel don primero se convirtió de pronto en una factura ininteligible, como casi todo lo divino, de la que mucho hablan las gentes estos días. Hablan de la factura de la luz, curiosamente, no de la factura de la electricidad, porque en cierto modo seguimos conservando un pensamiento atávico que nos remonta a nuestros orígenes paganos: los de la adoración directa de la luz como un bien natural.

 

            La ilusa ascensión hacia la divinidad ha corrido en paralelo al afán de apropiación de todo lo natural y por eso mismo el ser humano (el ser humano depredador) procura adueñarse de ello como creación propia, de forma que el resto de la especie pague por su disfrute: pague por la luz, por el agua, por el aire, por el mineral, por las palabras con las que nos comunicamos… Y todo aquello que nos es propio porque nos es común y natural y básico y necesario para la vida acaba mercantilizado sin mayores miramientos. Pensamos en lo público como una construcción política moderna, pero en realidad es algo tan viejo como la humanidad. Todo lo enunciado antes son o eran bienes públicos hasta que el interés privado se los apropia con el beneplácito de quienes debieran velar por su cuidado y respeto: los gobiernos, los estados, los reyes y presidentes todos. O casi todos.

 

            La reivindicación de lo público cobra así una nueva dimensión insospechada: la de rebelarse contra los falsos dioses y contra los dioses todos como el auténtico destino de la humanidad. Destino y condena a la vez, pues nada hay sin su envés. La luz nos pertenece porque, mitológicamente, nos fue dada; y su factura, cara o barata, no deja de ser una traición a ese espíritu original. No habrá perdón para quienes nos priven de ella.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 6 junio 2021