Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 8 de enero de 2023

300

Asomarse sin más al título de esta columna podría resultar engañoso. Dado el imaginario en que solemos movernos, lo primero que vendría a nuestras cabezas sería sin duda alguna la película de espartanos que en 2006 dirigió Zack Snyder, adaptando el cómic previo de Frank Miller sobre la batalla de las Termópilas. Pero no. Aunque mucho tiene de disciplina espartana el hecho de escribir, el cardinal del título se refiere al número de columnas que La Nueva Crónica ha tenido a bien publicarme desde abril de 2017. Es un número más que redondo que sirve a quien firma para observar toda esa escritura con una perspectiva temporal larga y extraer de ello alguna conclusión que pueda ser compartida con quien lee. Es, pues, esta columna una especie de meta-columna.

 

Una columna tiene, para empezar, la virtud de la síntesis. Acomodarse a un molde limitado obliga a desnudar el lenguaje y descubrir, en consecuencia, la cantidad de elementos superfluos que abundan en nuestra comunicación. Al menos en la escrita; en la oral más bien suelen faltar elementos, que suplimos en muchos casos con lo no verbal. Sorprende cuántos adjetivos son perfectamente prescindibles cuando no escribimos poesía y cuántos latiguillos de la lengua son absolutamente desechables porque nada nos dicen.

 

Se acaba cogiendo el tranquillo, de verdad, y el pensamiento se acomoda a ese formato, aunque también evoluciona. Lo hace, sobre todo, no conforme al vicio de quien escribe sino en función de la reacción de quienes leen. Son esas reacciones las que dirigen la mirada hacia los asuntos que se tratan. Y en tal sentido conviene decir que las columnas evolucionan, han evolucionado, desde una perspectiva analítica hacia otra mucho más emotiva. Más sentimental. Algo querrá decir esto acerca de la situación vital que atravesamos. En nada se parece este hoy a aquel abril lejano: no somos las mismas personas, no son las mismas historias. Es oportuno reconocerlo y anotarlo en esta especie de diario como aviso para caminantes.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 8 enero 2023

martes, 27 de diciembre de 2022

A propósito de la investigación sobre el franquismo


      Las investigaciones sobre el franquismo y su entorno político, social y cultural constituyen uno de los principales campos de trabajo para los historiadores e historiadoras en la España actual. Cerca de cincuenta años después de la muerte del dictador y más de ochenta años después de la guerra española, esto sigue siendo así. Quizá porque se trata de una etapa de nuestra historia sobre la que menos luz se ha arrojado desde numerosos ángulos (sobre todo desde el educativo), con la clara intención de llevar a cabo algo así como un borrón y cuenta nueva. Desde luego, el compromiso de la Historia no puede ser ése.

      Así lo han venido a demostrar las más de doscientas personas asistentes y las ciento cincuenta y cinco comunicaciones presentadas en el XI Encuentro Internacional de Investigaciones sobre el Franquismo, que tuvo lugar en la ciudad de León el pasado mes de noviembre. Esas comunicaciones procedían de ochenta universidades, quince de las cuales eran extranjeras. Y de todo ello da testimonio así mismo el manifiesto titulado “El conocimiento de la historia del siglo XX es imprescindible para comprender y mejorar el presente”, que fue corroborado por todas aquellas personas asistentes al Encuentro que plasmaron con su firma el apoyo a su contenido.

 

     No se trata aquí de repetir el catálogo de asuntos abordados, todos ellos más que jugosos y que iluminan sendas futuras para el trabajo, sino de lanzar una onda al aire que prolongue como un eco la importancia del Encuentro. Las citas pasan, pero las sustancias permanecen. Pronto llegará otro eco más: a principios del año 2023 se podrá acceder de un modo universal y abierto a las actas de todos los encuentros anteriores, los diez encuentros que se extienden a lo largo de treinta años. Esto es más que relevante. Y pronto también podrán leerse las comunicaciones que en el Encuentro de León se presentaron. El conocimiento al alcance de todos y de todas. Ese es en verdad el objetivo último de una reunión científica como la que se vivió en nuestra ciudad.

 

     Una reunión que por primera vez llegaba a nuestra geografía, a la geografía toda de esta Comunidad Autónoma. La Universidad de León y la Fundación Jesús Pereda de CCOO, sus organizadores, no son, pues, circunstanciales en la materia, sino núcleo de la misma, y han convertido a la ciudad de León en eje nacional de todo ello. También esto es más que notable. Es el trabajo el que nos hace sustanciales. A esa cualidad contribuyeron, no lo olvidemos, terceros que colaboraron para extender en el tiempo y en el espacio el espíritu del Encuentro. Nos referimos al Ayuntamiento de León, al Área de Actividades Culturales de la ULE y al Museo de León. Su abrazo cultural nos dio aún mayor empaque y acercó el saber a toda la ciudadanía leonesa sin que fuera necesario aventurarse en el campus. No ignoramos tampoco la colaboración imprescindible prestada por la Secretaría de Estado de Memoria Democrática.

 

 

     No pecamos de falta de modestia si afirmamos que ha sido una tarea no menor. Así por la magnitud de la empresa como por el momento en que se ha llevado a cabo. Asumimos esta responsabilidad a finales de 2019, al clausurarse el Encuentro precedente celebrado en Valencia. A esa fecha le siguieron acontecimientos y sucesos absolutamente imprevisibles: una pandemia, una guerra en Europa y la entrada de la extrema derecha en el Gobierno de Castilla y León, entre otros. Nada nos detuvo y supimos hacer frente a los elementos. En particular al último de los citados, que supone un reto decisivo para nuestra democracia. Frente a quienes pretenden callar o reescribir la historia a su favor, nada hay más importante que la investigación y el estudio riguroso. No fueron sólo Madrid o Barcelona como grandes urbes las que sufrieron la guerra, la dictadura y todas sus consecuencias, tal y como de una forma simplificada se hace ver en algunas ocasiones. No, también el dolor y la represión llegó hasta los últimos confines de nuestra tierra más cercana, esa que ahora vuelve a padecer el discurso rancio de quienes resurgen del pasado para impedir el progreso. También en ello hemos hecho hincapié en nuestro Encuentro y lo seguiremos haciendo en cuantos otros ecos del mismo nos nazcan.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 27 diciembre 2022

domingo, 18 de diciembre de 2022

Cuento

            Tengo un problema: soy un inadaptado social. Y lo soy más en este mes de diciembre, cuando las costumbres sociales, más o menos mediatizadas, agudizan mi incomodidad. Confesaré, para empezar, que durante esa montaña rusa de principios de mes no me moví del barrio. Es decir, no aparecí en ningún telediario porque no me humillé en ningún aeropuerto, porque no me sumé al trajín de las estaciones ni formé parte de esas caravanas de vehículos que van y vienen de forma escalonada, según repite año tras año la misma periodista de siempre situada en el mismo puente de siempre sobre la misma autovía de siempre. Tampoco fui a esquiar, ni me hospedé en una casa rural en crisis ni anticipé ninguna compra que llaman navideña. Por no viajar, no fui ni tan siquiera a Hungría para pasar unos días con mi hijo. No, me quedé en el barrio como un yonqui de los años ochenta deambulando por esas calles hasta perderse en la niebla. Soy un Albert Pla de andar por casa, un excéntrico. A saber cómo reaccionaré cuando lleguen las navidades.

 

            Un año se me ocurrió viajar hasta el Monte Perdido y descubrí que era más bien un monte hallado y hollado por una inmensa multitud de la que también yo formaba parte. Me sentí incómodo, un intruso, ahí empezó uno de mis procesos de inadaptación social. Hay otros. Desde entonces, miro a los destinos que se me dibujan en el mapa con sumo respeto. Tanto que por lo general ni me muevo del barrio. Este último verano, tomando un café con un buen amigo en una terraza, me preguntó si tenía algún plan estival. Le respondí que no, que no hacía planes, que ya había ido a todos los lugares que alguna vez deseé visitar. ¡Ah! -replicó- ¿Entonces habrás estado en los cinco continentes? No dije nada, me di cuenta de que para muchas otras personas como yo lo normal es viajar de continente en continente hasta agotar el catálogo. O ir a Vigo para ver lucecitas, sin ir más lejos. Pero no, di la vuelta para regresar a casa y en el camino me encontré con un yonqui. Era yo mismo.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 18 diciembre 2022

domingo, 11 de diciembre de 2022

Boca

            Hubo un tiempo dichoso en que todas las imágenes de la boca se resumían en un poema firmado por Miguel Hernández: “Boca que arrastra mi boca, boca que me has arrastrado”. Fue largo ese tiempo y provechoso. A él vino a sumarse después, para prolongarlo, una melodía también jugosa de David Broza: “Yo no quiero más equipaje que el misterio de estar en tu boca”. Y éramos felices ingenuamente.

 

            De súbito, toda esa lírica se ha desvanecido ante el estallido de la salud, cuya efervescencia corre en paralelo curiosamente a la merma de la sanidad que nos atiende. Hasta un joven danés, biólogo molecular él, acaba de publicar un libro que se resume en la siguiente sentencia: “Mantener tu boca limpia es de las pocas cosas fáciles que puedes hacer para alargar la vida”. Y, a su lado, todos los mecanismos abundantísimos de la publicidad llevan de hecho una larga temporada haciéndose eco de ese tipo de mensajes sin permitirnos ninguna escapatoria. ¿Qué puede hacernos sentir más culpables que leer un titular como el que sigue: “Infarto, cáncer, alzhéimer… Así aumenta la mala salud de sus encías el riesgo de sufrir otras enfermedades”? Ese doloroso empeño por convertir todo lo placentero en arriesgado o dañino directamente es viejo y perenne, pero nunca lo habíamos sentido con efectos retroactivos hasta el punto de derrumbar nuestras devociones.

 

            Si uno se para a pensar, casi dan asco los besos que fueron, las salivas que se compartieron y los labios que apenas se rozaron. Como si el amor fuese un intercambio de bacterias y un matrimonio de infecciones. Incluso he descubierto en mi última visita al odontólogo que acaba de fundarse la Casa de las Encías, definida como la casa de todos los implicados y preocupados por la salud bucodental. No hay escape, pues, ni hay mares del sur donde soñar ni poesía donde esconderse. Sólo nos queda encontrarnos en la consulta para hablar de nuestras gingivitis y descubrir la complicidad en el sarro y en las endodoncias hasta que la muerte nos separe.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 11 diciembre 2022

domingo, 4 de diciembre de 2022

Canciones

            El fallecimiento de Pablo Milanés ha recuperado el valor de las canciones y el de sus compositores. Cuando es suficiente con una máquina, ciertos mecanismos de inteligencia artificial y una imagen para triunfar en el confuso comercio musical, la reivindicación del cancionero resulta más pertinente que nunca. Al fin y al cabo, adocenadas por el mercado, las audiencias consumen en lugar de escuchar, reproducen en lugar de emocionarse y desechan en lugar de conservar en su acervo cultural cuanto la música es capaz de aportarnos. La canción, en cambio, conmueve y se liga a la vida para siempre. En palabras de Luis García Montero: “Las letras de canción salen / de unos labios, se extienden por las salas / de conciertos, por las alas inmensas de / las grabaciones, por la cultura y las inquietudes / de un país, y luego se quedan flotando en la memoria, / hasta que vuelven a unos oídos o unos ojos, / convertidas en asunto personal, en viva voz callada / del recuerdo. La memoria vive en las huellas / que deja el tiempo sobre la arena, o en los estribillos / que dejan las canciones sobre la historia”.

 

            Lo cierto es que, desde la cuna a la tumba, el itinerario vital se escribe también con canciones: nanas, espirituales, cantos de trabajo, de amor, baladas, cantos litúrgicos, himnos, villancicos… Hay canciones de arte y ensayo, hay canciones de redención y de combate y hay, por supuesto, canciones de vida y de muerte. Podríamos parafrasear al mismísimo Aristóteles y concluir que el ser humano, además de ser un animal que habla, es con casi la misma intensidad un animal que canta. Diríamos más, cuántas de nuestras experiencias fundamentales no incorporan la melodía de una canción que las identifica con una marca indeleble. El recuerdo, de hecho, nos funciona con canciones que nos permiten revivir lo que fuimos en otros tiempos. Incluso hasta dolernos, como bien apunta Benjamín Prado: “todas las canciones terminan por ser tristes, por ser la banda sonora de algo que has perdido”.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 4 diciembre 2022

jueves, 1 de diciembre de 2022

RAÚL GARCÍA: El sindicalista infiltrado

EL AUTOR

      Raúl es Ingeniero Superior de Informática especializado en Big Data y Data Science. Ha trabajado en Telefónica I+D y en INDRA ISTI en proyectos de Big Data. Luchador incansable en contra de la precariedad laboral con CCOO, ha sido presidente del Comité de Empresa en Telefónica I+D y en Indra. Durante los últimos años fue responsable de CCOO Servicios Valladolid y actualmente Delegado provincial de CCOO Valladolid.

EL LIBRO

      En julio de 2019, Raúl García Agudo, responsable de la sectorial de servicios de Comisiones Obreras en Valladolid en aquel momento, irrumpía en las redes sociales y los medios de comunicación con su infiltración en el proceso de selección de Glovo. Compartió por redes sociales los abusos y la precariedad laboral de los nuevos trabajos de la economía de plataformas. Las noticias que se hicieron eco de la actuación sindical de Raúl y de su denuncia de las condiciones de esclavitud de los riders de Glovo se refirieron a él como “El sindicalista infiltrado”. Este ensayo nos muestra las condiciones extenuantes e indignas de trabajo, y lo que ocurre en este tipo de empresas para que la próxima vez que abramos la puerta a uno de estos riders sepamos perfectamente a la explotación a la que está sometido diariamente.

EL TEXTO

     "El reconocimiento laboral de los riders como trabajadores implica, entre otros muchos aspectos, el derecho de representación sindical y esto abre un fundamental espacio de representación, reclamación y defensa de los trabajadores ante la dirección de Glovo que conseguirá torcer el brazo al gran unicornio español en todos sus frentes. Esta vez también desde dentro".


 

domingo, 27 de noviembre de 2022

Indiferencia

Un riesgo severo de estos tiempos extraños es la indiferencia. Ese término es en realidad la más fina expresión para definir una actitud que emparenta con apatía, indolencia o directamente desprecio. Nada efectivo, en suma, a la hora de valorar y hacer frente a una realidad abrumadora. Hacerle frente con afán audaz y transformador, quiero decir. Para abandonarse, en cambio, nada mejor que esa frialdad, esa displicencia, así en lo público como en lo íntimo.

 

Sobran causas y motivos para que la actitud fuese la contraria y asusta observar que no se responde en tal sentido. Tanto da la guerra que la tragedia climática, el pavoneo de la extrema derecha que el robo de nuestra privacidad. Mansamente, dejamos ir el rumbo de los sucesos como si se tratara de una fatalidad o de un designio inmutable y, si en muchos casos ya habíamos dimitido de nuestros deberes de ciudanía, sumamos ahora al paisaje esta pose individual que nos abisma en el pozo de la inacción.

 

Lo último, lo más pintoresco quizá, es lo de ese espectáculo comercial del fútbol: el mundial de Qatar. Pensamos que no va con nosotros ese lío de derechos humanos tan distante en el mapa, que no está a nuestro alcance intervenir en ello. Pero olvidamos que no ha mucho hasta estos páramos leoneses se vino el embajador de ese emirato para recoger un premio concedido a una academia deportiva propietaria del equipo local, que fue recibido y agasajado por todas las autoridades locales y provinciales y que un medio de comunicación tituló sin empacho: “el deporte hermana a León y Qatar”. Bárbaro hermanamiento. Son comportamientos que solo se entienden desde el provincianismo más arcaico.

 

Apenas nada se dijo entonces contra este bochorno. Hubo indiferencia. Y de la gala de los dichosos premios, celebrada en lo que fue campo de concentración, solo tres o cuatro personas se ausentaron mientras el emisario diplomático glosaba las glorias de su país y sus aportaciones a la humanidad. Dicho de otro modo: siempre se puede hacer algo.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 27 noviembre 2022

domingo, 20 de noviembre de 2022

Cárcel

            Hace unas cuantas décadas, tal día como hoy moría ese hombre. Aquella mañana, en el internado, nos despertaron con esa noticia y con la buena nueva de que en unas horas nos devolverían en autobús a nuestras casas por un tiempo indefinido. Fue algo extraordinario.

 

            En otro internado no muy distante del mío, también en la ciudad de Zamora, otros permanecieron encerrados y no abandonarían su cárcel hasta pasados unos cuantos meses. Eran los curas presos del franquismo, de cuya represión, parafraseando a Blas de Otero, no se salvaba ni dios. Tampoco ellos, que estaban mucho más cerca de la divinidad que aquel puñado de adolescentes felices por regresar a sus casas e ignorantes en esos momentos de aquella historia carcelaria. Hace escasamente diez días abracé a Josu Naberan y a Juan Mari Arregui, dos de los protagonistas de aquel drama, apenas una pequeña parte del principal drama español del siglo XX, eso que algún desalmado, un sin-alma, trata de despachar como una pelea de abuelos. Los abracé y creo que me sentí redimido de mi ignorancia de entonces. Como ellos, yo también gustaba de asomarme al río Duero a su paso por la ciudad, aunque por fortuna para mí esa visión no era estorbada por ningún barrote. Como ellos y como muchos, también yo perseguía una libertad que, comparada con su encierro, era simple puerilidad. Por eso, al abrazarnos, recompusimos al fin el significado pleno de esa palabra. A continuación, como corresponde, compartimos con amigos vino y viandas.

 

            Josu estuvo encerrado siete años por mantener su compromiso más allá de la parroquia. Arregi, en cambio, sólo vivió por aquellas fechas el exilio y la clandestinidad a causa de motivos similares. Nada que ver con mis tres años de bachillerato en la Universidad Laboral de Zamora, adonde regresé pocos días después de la muerte de ese hombre para cerrar aquel ciclo académico. Y adonde regreso todavía regularmente para recuperar la visión del río al que persigo y que me persigue en todas las paradas de la vida.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 20 noviembre 2022

domingo, 13 de noviembre de 2022

Sal

            Días atrás asistimos, entre el asombro y la vergüenza ajena, a una disputa estéril entre dos alcaldes, el de Valladolid y el de León, acerca de quién suda o quién llora más. Como si sudar o llorar fuesen acciones opuestas. Si en un momento de lucidez les hubiese dado a ambos por leer, por ejemplo a Karen Blixen, sabrían que “la cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas o el agua del mar”. Sólo esto último está ausente del paisaje de esas dos ciudades que ellos gobiernan; por lo demás, de sudores y llantos saben bien desde antiguo las gentes todas de uno y otro lugar. Tampoco es cuestión de ver quién desagua más líquidos y a través de qué glándulas.

 

            Porque esas dos ciudades nunca han vivido de espaldas salvo en ciertos imaginarios y porque el supuesto enfrentamiento entre ellas es pura invención política interesada, de la que lo que ahora comentamos es solo un episodio más. Por el contrario, en muchos aspectos, particularmente en el cultural, son dos territorios que siempre se han alimentado mutuamente con gentes que iban y venían entre un lugar y otro y que en ese tránsito crecían. Exactamente igual que entre otros territorios, salvo que el punto de destino de uno de ellos sea Madrid, en cuyo caso todo acaba siendo fagocitado por la cuna de la libertad. Curiosamente, esto no genera controversias territoriales. Quiero decir que en esta Comunidad de identidades diversas -no otra es su identidad más que la diversidad- la cultura sí fue siempre nuclear, aunque las políticas no hayan querido verlo y hayan orillado esta realidad. Sucede del mismo modo en casi todos los mapas.

 

            Quizá esta sea la clave de la supuesta polémica, que la cultura, que es la sal, no forma parte de la vara de medir porque no la consideramos sustancial. También porque no vive buenos momentos, azotada bárbaramente por las crisis económicas y por la pandemia, y eso tiene su reflejo en todos los presupuestos y en el mantenimiento de la distancia social a la que nos han acostumbrado.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 13 noviembre 2022

domingo, 6 de noviembre de 2022

Índice

            Un índice es ante todo una señal de algo. Pero, conforme a lo que enseña la Academia, un índice es un libro u otra publicación, lista ordenada de los capítulos, artículos, materias, voces… en él contenidos; y también el catálogo de las obras conservadas en una biblioteca, archivo… clasificadas según diversos criterios. Un mundo, en suma.

 

            Y si eso es un índice, a qué puede llamarse entonces Índice de índices. Así nombró nuestro amigo Hilario Franco su libro, su único libro que eran todos los libros en uno y que se hizo materia no venal hace ahora dos años, justo cuando a él le dio por desaparecer. Un libro de libros. Una biblioteca de bibliotecas. Un sistema de sistemas de macrodatos, se diría ahora. Por eso mismo a nadie debería extrañar que esa obra magna contuviera, señalaba él de un modo enfático, tanta sabiduría como la del propio Quijote, tras cuya sombra se movía él casi desde el principio de sus tiempos y casi a cuya vera reposa. ¿Cómo llenar ahora todo ese inmenso vacío, toda esa conciencia cierta de que ya no caminaremos más por esa senda que él nos despejaba? ¿Cómo seguiremos aprendiendo si él no puede continuar con la escritura? ¿Y cómo aprehenderá el mundo todo ese conocimiento si no está él para predicarlo? El silencio de los muertos es larguísimo, aunque perdure su obra para mantenernos vivos. Eso sí, ninguna editorial vendrá ahora a hacerse cargo de una publicación cuyo autor ya no existe y no puede, por tanto, promocionarla. ¿A quién le interesa un autor muerto habiendo tantos vivos y coleando? ¡Ah, el comercio!

 

            El caso es que no son éstos bueno tiempos porque nuestro índice emocional se nos llena de más muertes de lo que somos capaces de soportar. Y si, como decíamos al principio, el índice es una señal de algo, parece claro que la indicación nos alerta sobre el final abrupto en muchos casos de aquellos con quienes hemos convivido y creado. Que es tanto como apuntar al fin paulatino de nosotros mismos. En fin, leamos, que no nos queda mucho tiempo.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 6 noviembre 2022