Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 22 de septiembre de 2019

Inestabilidad


            El campo semántico de esta Edad nuestra continúa añadiendo términos a su alforja con un acento no precisamente optimista: a la precariedad, superficialidad, liquidez… se acaba de sumar ahora la inestabilidad, un concepto y una realidad que casan con  el vaivén, el desequilibrio y la vacilación entre otras maravillas léxicas. Se observa así en las tendencias territoriales disgregadoras de acá y de allá, en la pésima gestión de los resultados electorales para formar gobiernos allí y aquí o en las fluctuaciones de los mercados, de las ideas y de las palabras. Lo inestable se impone, bien como un mal temporal en sí mismo, bien como una consecuencia de un mal general que tiende paradójicamente a la estabilidad, no sabemos. El caso es que somos precarios, líquidos, superficiales y ahora también inseguros.

            Lo que importa de esa turbulencia que nos asusta en unos casos y que nos paraliza en otros no es tanto su origen, pues con toda seguridad muchos y diversos son los pecadores, como reconocer a quién benefician y a quien perjudican estas gotas más que frías. Es de esta duda, relativamente sencilla de resolver, de donde puede derivarse una vez más un verdadero programa político. Así mismo una actitud política individual y colectiva. Es en ese punto donde conectamos con las evidencias sociales y económicas que nos confirman quiénes son los ganadores en ríos revueltos como los presentes.

            De ahí que, bien mirado el panorama, no quede más remedio que evaluar cómo se comportan unos y otros ante esta jungla terminológica y actuar. También votar, naturalmente. Porque, de lo contrario, las nuevas entradas en el diccionario de la actual historia serán pasividad, abulia, ausencia y melopea. Exactamente aquello que buscan quienes hasta aquí nos han traído para proseguir con sus desmanes. Es en esto donde la izquierda, si existe, debiera significarse en la tarea de limpiar, fijar y dar esplendor. Porque, decididamente, la confusión y sus sinónimos son más de derechas que las gaviotas.

Publicado en La Nueva Crónica, 22 septiembre 2019

domingo, 15 de septiembre de 2019

Iglesias


            Ha publicado este mismo periódico que la provincia de León cuenta hoy con 9 lugares de culto más que en 2015 hasta sumar un total de 1.329 para siete religiones. Ello confirma que, junto a los bares, las iglesias resisten todo tipo de tempestades, que suelen serles más favorables por lo general que las bonanzas. Tal vez porque a los unos y a las otras se acude para olvidar y para evadirse transitoriamente de la realidad o para esquivarla ad eternum. En mi barrio, donde durante décadas hubo una sola iglesia, católica por supuesto, hoy han aterrizado al menos otras cuatro de otras tantas confesiones o lo que sean. Ello sin tener en cuenta los papelitos que de cuando en cuando alguien deposita en mi buzón para anunciarme los beneficios de un auténtico vidente espiritual africano.

            Semejante despliegue espiritual en los lineales del supermercado religioso es una muestra más de la sociedad de la abundancia en la que vivimos, donde parece –sólo parece– haber de todo y para todos, ya sean bienes materiales, ya sean creencias intangibles, y todo conforme al poder adquisitivo de los consumidores. En las largas épocas de la sociedad de la necesidad, no hace tanto, era bien diferente. Lo curioso es que este exceso de oferta coincide en el tiempo con el reinado, como poco, de los no practicantes en un mundo que presume de laicidad o aconfesionalidad. Quizá por eso mismo las devociones se rigen hoy por las reglas del self service o del buffet libre que tiñen incluso lo divino. Y también en esto del autoservicio hay, como sabemos, estrellas y tenedores para indicar distinción o desdoro. Desigualdad, en suma.

            En fin, orar y beber es la norma que sustituye a orar y trabajar. En cualquier caso, orar, siempre orar. Es admirable la constancia de este verbo y de quienes lo administran. Tanto que incluso las tecnologías se rinden a sus pies para depositar limosna mediante tarjetas de crédito en muchos templos y, además, muy pronto el 5G vendrá a iluminar los inescrutables caminos de Dios.

Publicado en La Nueva Crónica, 15 septiembre 2019

domingo, 8 de septiembre de 2019

Disparos


            Entre los culebrones de verano y el pistoletazo de salida no hay más que una sucesión de tópicos y un muy escaso esfuerzo comunicativo. No es ni el mayor ni el menor de los males que asedian a los medios de comunicación, pero imprime estilo y marca tendencia para que el uno y la otra se contagien con facilidad a las audiencias. En suma, conforman pensamiento.

            Septiembre, cuando todo parece reiniciarse, es el mes de los disparos: la pólvora metafórica define por igual tanto el comienzo de la liga de fútbol como el retorno de los niños y las niñas a sus escuelas, la recuperación de la actividad política propiamente dicha como la llegada de pintorescas colecciones a los quioscos. Lo que en su momento fue una señal para el inicio de ciertas competiciones deportivas, un disparo al aire, ha acabado por convertirse en una expresión común para indicar el comienzo de cualquier cosa. Pero así como en el deporte el empleo de esta fórmula se ha restringido cada vez más, en la expresión corriente se ha extendido sin piedad hasta resultar paradójica u ofensiva. Sin ir más lejos, decir que el principio del curso se da con el pistoletazo de salida en las escuelas infantiles es un dicho desafortunado y bastante temerario.

            Las frases hechas son un signo de pereza que se corresponde con la pobreza léxica general. Por lo tanto, como decíamos antes, con un pensamiento simple. De ahí que la responsabilidad de los medios de comunicación en esta materia sea más que notable, al menos porque a sus profesionales se les supone un cierto dominio del lenguaje, su principal herramienta de trabajo. Y si bien no son ellos quienes pondrán fin a la violencia, eludir términos gratuitos que a ella aluden sería una buena práctica, más aún cuando no aportan nada al mensaje transmitido. Cierto que la palabra no es el referente y que algunos significados simbólicos nos enriquecen en ocasiones, pero bien haríamos en cuidar un poco esos modales. Sobre todo porque sabemos que las armas las carga el diablo.

Publicado en La Nueva Crónica, 8 septiembre 2019

domingo, 1 de septiembre de 2019

Clima


Como auténticos replicantes, vemos cosas que jamás creeríamos: bosques y selvas devorados por las llamas más acá de Orión; el brillo en la oscuridad de los glaciares derretidos por el efecto invernadero y otros gases; tormentas enloquecidas como veraces fulguraciones solares; éxodos de capitales de estado para escapar del crecimiento de las agua junto a sequías devastadoras. Y, probablemente, todos esos momentos se perderán también en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. No sé si es hora de morir.

La historia podría ser ésta. O es ésta ya. Sólo los muy cerriles, los más necios de la humanidad se empeñan en negarla. Esos que precisamente constituyen también una perturbación más para el clima. No me refiero al clima en sentido estricto, el antes aludido en virtud de sus consecuencias más evidentes, sino ese otro que la Academia identifica con el ambiente y que equivale, según su diccionario, a condiciones o circunstancias que envuelven a las personas. En ello así mismo se pone de relieve el cambio climático. No de un modo físico, por supuesto, pero sí en el ánimo y en la convivencia. Era impensable en los últimos decenios asistir a un panorama político general tan caldeado y enrarecido, donde prevalece la ley del rumor y de las bofetadas dialécticas que arruinan los debates y convierten en usual el desprecio y el insulto. Un modelo que se traslada con facilidad a la vida corriente para hacer de ella también un espacio irrespirable, un clima tóxico y alienado, en medio del cual somos, sí, auténticos replicantes no se sabe bien de qué. Con toda probabilidad de nada sano.

Bien está, pues, que la preocupación por el clima real nos movilice y que todos, mayoritariamente, nos declaremos a favor de adoptar medidas que lo protejan. Otra cosa es qué medidas está dispuesto a adoptar cada cual. Pero, en cualquier caso, toda esa panoplia será incompleta si no le acompañan otras armas contra la majadería, el mal gusto, la estridencia y la memez que nos gobiernan y nos contagian.

Publicado en La Nueva Crónica, 1 septiembre 2019

domingo, 25 de agosto de 2019

Misiles


            Son numerosas las señales que anuncian que los tiempos cambian, aunque no lo hagan seguramente en el sentido que entonaba Dylan en 1964. O tal vez sí, porque en cierto modo más que a un cambio asistimos a un retroceso, si bien en versión videojuego o algo parecido. Me refiero a ese ir y venir de misiles con el que se entretienen ahora ciertos estados embrutecidos y sus líderes infantilizados. Incluso el sindiós de Cachemira regresa a la actualidad como el potencial conflicto que siempre fue. En fin, casi, casi al borde de lo que cantaba el bueno de Bob: “Hay una batalla afuera y está empeorando”.

            Sin embargo, a diferencia de entonces, cuando el estrés nuclear nos tenía a todos verdaderamente estremecidos y no era extraño encontrar todo tipo de contestación, ya fuera en forma de movimientos y manifestaciones, ya fuera en formato escrito con la firma de la intelectualidad global, que en aquellos años era otra intelectualidad, la sensación ahora es que ésa no es nuestra pantalla. Convertido el mundo en lo que el periodista italiano Alessandro Baricco llama The Game, un misil por aquí o un misil por allá parece más bien un asunto virtual y apenas hay voces que se alcen contra semejante nueva barbarie desatada. De hecho, ante el desbarajuste general, lo nuclear ya no asusta, sino que promueve el selecto turismo que se acerca cada vez más a oler la radioactividad en Chernóbil.

            Es más, acomodados a los desvaríos del gran canalla americano, a las chulerías del bufón ruso o a las calamidades del ogro norcoreano, todo parece un simple guión de una de esas series de éxito que estamos obligados a consumir. Y como tales, como consumidores de series, recibimos noticias que en otro momento histórico hubiesen causado gran alarma social. Hoy no, hoy sólo aguardamos al próximo capítulo o a la siguiente temporada, como si sólo fuera materia para la ficción. Ya no son falsas noticias como tales asumidas. Es un eslabón más en el disparate: el de la realidad convertida en puro delirio.

Publicado en La Nueva Crónica, 25 agosto 2019

domingo, 18 de agosto de 2019

Naufragio


            Lo contrario a un barco flotando puede ser una embarcación que naufraga. Hay más opciones, por supuesto: barcos varados, encallados, hundidos, fantasmas, fondeados… Incluso cuando se flota no quiere decirse exactamente que se navega: se puede ir a la deriva, por ejemplo, sin gobierno ni rumbo. Pero el naufragio es el hecho trágico por antonomasia en esa materia.

            El término naufragio, además de su significado primero y evidente, tiene otros sentidos que connotan más allá de la catástrofe naval. Una cosa es ser un náufrago literal y otra serlo sin mojarse lo más mínimo, que es lo más grave y seguramente ridículo. La noticia más común hoy en día sobre víctimas que zozobran hacen referencia a pateras, cayucos, almadías y otras balsas rudimentarias y las protagonizan gentes que, aparte de esa peripecia dramática, han sufrido otros dolores seguramente indescriptibles. En cambio y por lo que les va en ello, el naufragio tomado de un modo figurado es el que representan, entre otros, los gobiernos de la Unión Europea y hundimiento es el estado de sus políticas migratorias y de asilo. Pero, cuidado, hundidas son también las nociones de solidaridad, de fraternidad y de humanidad, en cuya inmersión fatal participamos todos en los términos que corresponde. Porque al cabo ese proceder ominoso de quienes deberían ser guía ética, donde se incluyen las más altas cumbres religiosas, engendra maneras de pensar y de vivir que llevan a la ruina social.

            Cuando el otro, especialmente si es negro y africano, o latino o rohingya o yazidí en otras latitudes, es el problema quiere decir que ya han triunfado entre nosotros los ideales inhumanos, aunque no les hayamos concedido el voto de forma mayoritaria, y que todo derecho que se invoque es papel mojado, un resto más del naufragio. Van siendo muchos los desechos y el panorama del embarcadero se acerca temerariamente al dibujo de un auténtico desguace, ese lugar al que se llevan los navíos viejos o estropeados para hacer chatarra con ellos.

Publicado en La Nueva Crónica, 18 agosto 2019

domingo, 11 de agosto de 2019

Barcos


Tiempo atrás, en los momentos más agudos de las crisis y cuando aún pensábamos que aquello tendría marcha atrás, una ministra, sembrada ella, echó mano de la metáfora del barco para diluir responsabilidades y afirmar cándidamente que todos íbamos en el mismo barco. Esto era falso, por supuesto, pero, aunque así hubiera sido, sabemos bien que dentro de una misma embarcación se puede viajar en camarote o en bodega y no es del todo equivalente.

Dicho lo cual, el barco es también una imagen muy veraniega. De hecho, la reiteración de noticias habidas en estos meses de calor con tales vehículos flotantes como protagonistas nos confirman aún más la frivolidad de aquella ministra. Entonces, ahora y siempre.

Porque, más allá de flotar, poco tienen que ver las cualidades y los tripulantes de barcos de rescate en el Mediterráneo, como el Open Arms o el Sea Watch, con los cruceros que transitan por el mismo mar cargados con un turismo intensivo y difícilmente sostenible. Tampoco resulta equiparable la flota pesquera española que vuelve a faenar en aguas de Marruecos, buscándose la vida, con los veleros que compiten en regatas, el Aifos real a la cabeza, cuya vida está más que blindada. Del mismo modo que a nadie se le ocurriría comparar los gigantescos petroleros que sortean las marejadas de todo tipo en el Golfo con los ferries abarrotados de pasajeros que sufren habituales accidentes en aguas filipinas. Y, en fin, capítulo aparte merece la nao Victoria, primer navío que circunvaló el planeta hace 500 años guiado por Magallanes y por Elcano, poco más en realidad que los barquitos minúsculos que surcan durante estos meses estivales el pantano de Riaño.

Si nos fijamos bien y no exageramos, el único barco que de verdad compartimos todos en mayor o menor medida es aquel al que cantaba Serrat, con el mismo pero ya distinto Mare Nostrum al fondo, cuya actualidad nunca se desvanece: “barquito de papel sin nombre, sin patrón y sin bandera, navegando sin timón donde la corriente quiera…”

Publicado en La Nueva Crónica, 11 agosto 2019

miércoles, 7 de agosto de 2019

Epílogo


            Complicado es que a esta edad acarreada tengamos ya la oportunidad de transfigurarnos en japonés o de tocar el piano. Como difícil fue unos años atrás mudar en argelino o ser un virtuoso del violín. Y todo esto, siendo realistas, habiendo razonado de antemano que lo de Lucien nunca estuvo a nuestro alcance. Cito a Nobuyuki Nakajima, a Djamel Benyelles y a Serge Gainsbourg porque, además de otros autores, sobre ellos gravita la mayor parte y la más notable colección de cantables de Jane Birkin. Naturalmente, Gainsbourg estuvo en el origen y permanece como lo hace siempre la fealdad. Benyelles nos ofreció la oportunidad de recuperar el cancionero primitivo con acento oriental, en una recreación que nos pareció extraordinaria y que juzgábamos como definitiva. Por último, Nakajima nos descubrió que restaba aún el arreglo orquestal y que su resultado vendría a ser una especie de colofón formidable para esa obra compartida por la eterna pareja.

            De modo que uno hubiera deseado antes que nada tener el don de la música para haberle ofrecido algo a esta mujer, algo exquisito quiero decir. Así lo entendimos Santos y yo cuando, jóvenes umbralianos, construíamos a medias nuestra mitología. Porque lo que no se puede pretender, convinimos, es que un señor de provincias, españolas, por muy buen expediente académico de que disponga y por mucho currículum que se haya labrado con los años vaya a conseguir un salvoconducto para profanar los palacios más íntimos de Madame Birkin. No hubo, pues, licencia ni hubo habilidades musicales. Como ocurre con otras muchas facetas dignas de la vida que se convierten en inalcanzables, nos ceñimos a lo literario y, dentro de ello, a la devoción por el mito, el real y el fabulado, que es una de las más nobles obligaciones del individuo frente a lo ordinario.

            Mas el mito al fin habitó entre nosotros. Santos, estoy seguro, habría sido feliz esa noche del mes de julio en el Jardín Botánico de la Universidad Complutense. Habría llegado a la cita sobrado de tiempo para reconocer debidamente el espacio, que es la obligación de todo buen actor. Se habría confundido entre el público primero, como uno más pero sabiéndose singular, y después se habría acomodado tranquilamente en la fila cinco, ni muy cerca como para enfermar, ni muy lejos como para no sentirse parte fundamental de la representación. A ojos extraños, parecería tal vez ausente pues apenas habría expresado emoción durante el concierto, pero guardaría en su bitácora, junto a la brújula de la existencia, todos los detalles de la ceremonia: la imagen inusual de una orquesta compuesta exclusivamente por mujeres; Nakajima a un lado, dueño naturalmente del piano; el deambular ligero de Jane B de un lado a otro del escenario; el repertorio sin mácula; los muy escasos parlamentos (“cher España”, dijo; lo que incluía seguramente Palomares); sus interminables adioses y los bises; y el vacío final.

            Santos y yo habríamos hablado de todo ello en el tren de regreso y quizá habría aprovechado ese instante para anunciarme su intención de escribir una serie de cartas dirigidas a ella, donde incluiría todas nuestras memorias a ella misma debidas. Que las titularía con los nombres que la revolución francesa dio a los meses y que intentaría que se publicasen en algún medio digital de los que ahora se llevan. Me preguntaría mi opinión al respecto y yo le respondería que me sonaba a historia conocida.

            En fin, lo cierto es que, entre unas y otras derivas, en el verano de 2019 nos dejamos de ensueños, compartimos en vivo los setenta y dos años de JB y, sí, también nosotros nos hicimos definitivamente mayores. O dicho de un modo más adecuado a lo que escuchamos esa noche: “Cette chanson Les feuilles mortes s’efface de mon souvenir et ce jour là nos amours mortes en auront fini de mourir”.

Publicado en Tam Tam Press, 7 agosto 2019

domingo, 4 de agosto de 2019

Nombres


            Si se lee la prensa y se repasan los nombres que protagonizan buena parte de los titulares, sus rasgos personales y peripecias públicas, es muy probable que se llegue a dudar de si lo que se tiene entre manos es un periódico o una novela de terror para entretener estos tiempos estivales. Más aún, si se comparan dichos nombres con otros que los precedieron, sus biografías y sus pensamientos, de lo que no habrá dudas es de que esta edad que vivimos es una edad bruta, que no cesa de incorporar nuevos monstruos a la escena, como sucedía en aquellas horribles paradas circenses de siglos atrás: hombres elefantes, mujeres barbudas y demás seres deformes exhibidos sin pudor.

            El contraste de nombres entre el antes y el ahora ilustra también el contraste entre constructores que fueron de utopías y los que hoy se encargan del diseño de las nuevas distopías. Difícil es encontrar en nuestra edad nombres como los de Jean Monnet, Willy Brandt, Simone Weill, Nelson Mandela, Fidel Castro, Antonio Gramsci…, independientemente de sus aciertos prácticos. Si acaso lo que cabe suponer es que serán probablemente mujeres las constructoras de las nuevas utopías. Con ello, entiéndase bien, no decimos que el tiempo pasado haya sido mejor. Sería un error gravísimo y una enfermedad nostálgica. No olvidemos que el siglo XX fue también un siglo letal, “un siglo tempestuoso”, según tituló su último libro el historiador Álvaro Lozano. Pero es verdad que la Contemporánea fue una edad para la creación de utopías, lo cual, a juzgar por sus protagonistas, no parece ser el signo del presente ni el del inmediato porvenir.

            A nadie debe extrañar, pues, que en esta España nuestra sean también los nombres, sus cualificaciones e incompatibilidades, las razones últimas de la política, muy por delante de otras coyunturas muchos más sustanciales. Y en esto no somos diferentes de otros lugares: también aquí se ha producido, se produce de día en día, una severa degeneración de la onomástica y de sus encarnaciones.

Publicado en La Nueva Crónica, 4 agosto 2019
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domingo, 28 de julio de 2019

Morbo


            No es sencillo escapar del interés malsano por personas o cosas, es decir, de esa enfermedad llamada morbo. Yo mismo, durante el debate de investidura, me entretuve contemplando y escuchando al superespañol. Sabía de antemano, como así fue en efecto, que no descubriría nada nuevo (al contrario, todo en él huele a viejo), que su oratoria de centurión nada me enseñaría, que el contenido de su intervención no aportaría ningún valor y que, al final de todo, acabaría cabreado y lamentando cómo está el patio. Sin embargo, por puro morbo, aguanté el tipo. No encuentro otra explicación.

            No ocurrió tal con otros supuestos extremistas, los malvados y radicales vascos y catalanes, en los que no me detuve. No llamaron mi atención malsana. Tampoco, naturalmente, con los demás ponentes clásicos o semiclásicos, de los que sí estuve pendiente. Quizá porque todavía guardo confianza en ciertas fórmulas del parlamentarismo, por más que se nos vayan ajando sin remedio. Pero a lo del remedo de homínido no le descubro una motivación razonable. Nada sensato justifica la pérdida de tiempo. Nada salvo la enfermedad.

            Dicho esto, la siguiente conclusión es pura lógica. Además de los defectos de fábrica que uno arrastra, son esos incentivos envenenados los que acentúan el trastorno, así en lo individual como en lo social. Esto es, no sólo constituyen un daño en sí mismos, vistos su discurso y proceder, sino que actúan a la vez como pólvora infecciosa para los cuerpos más débiles, que acaban repitiendo la misma monserga sin otro asidero que su propia afección.

            Por eso tiene sentido aquí el término tan popularizado de cordón sanitario. Porque o se sigue esa fórmula o la peste se extiende con extrema facilidad a partir del morbo inicial aparentemente inocuo. Dichos efectos, por otro lado, no se contabilizan únicamente en votos. Es más grave la podredumbre de pensamiento que ocasionan que, como se observa en la actualidad política, contamina ya a muchos actores de siglas diferentes. Es el mal.

Publicado en La Nueva Crónica, 28 julio 2019