Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 6 de noviembre de 2016

De difuntos

Pues sí, antes de que las calabazas cayeran sobre nuestras cabezas para banalizarlo todo y antes incluso de que esa fiesta ñoña sepultara otras tradiciones asociadas al Día de Difuntos, noviembre y los muertos ya existían. Antes, decimos, de que la fiesta anglosajona pervirtiera todos los significados, cementerios y crisantemos, buñuelos de viento y huesos de santo, castañas, hongos y hojas secas se disputaban el protagonismo simbólico de este mes ceniciento. Aunque, a nuestro modo de ver, el culmen de la borrachera difunta lo encarnaban las representaciones del Don Juan: durante décadas, llegadas estas fechas, los teatros suspendían sus programaciones para dar cabida al texto de Zorrilla y, rara vez, al de Tirso de Molina. Incluso la televisión pública, la única televisión entonces, hacía lo propio en su parrilla. Poco queda de todo ello, si bien el culto a los muertos continua entre nosotros tan vivo como siempre.

A nadie puede extrañar que la muerte, natural o violenta, sea junto al amor el asunto por excelencia en la literatura y en muchas otras artes. A tal fin, la mitología griega creó las Moiras; la romana, las Parcas; y la nórdica, las Normas. Luego, en la Edad Media, llegaron las Danzas de la Muerte, y después Jorge Manrique y los sonetos estremecedores de Quevedo, y los muertos de Joyce, y la reflexión sobre el suicidio según Albert Camus o las voces de los fantasmas en la imaginería de Juan Rulfo. Inabarcable repertorio.

Pero cabe preguntarse por la música y la muerte, por cómo ha recogido el cancionero tema tan humano como mal casado con lo comercial, y en ello indaga este capítulo de Moderato Cantábile. Dejaremos a un lado toda la copiosa producción clásica y nos limitaremos a dejarnos acompañar por la las canciones que son nuestra razón de ser. Y de morir. Y, entre ellas, una hay por encima de todas que nos mata suavemente a través de las notas y de la voz de Roberta Flack, Killing me softly with his song [https://www.youtube.com/watch?v=yd__DR377Ks]: “Removiendo mi dolor con sus dedos, / cantando mi vida con sus palabras, / matándome suavemente con su canción”.

Esa misma suavidad envenenada de Roberta la encontramos también en el diálogo que entabla Charly García con una muerte a la que tutea, interroga y se atreve incluso a invitar ingenuamente a su cama, como si no fuese más bien al contrario; es Canción para mi muerte [https://www.youtube.com/watch?v=njgGMPw7XmQ] una expresión de naturalidad no exenta, claro, de cierto sentido fatal. No nos descubre nada nuevo, aunque, acostumbrados a la violencia, casi provoca envida tanta dulzura. Un tono absolutamente opuesto al muy hiriente por el que se pasea Abd Al Malik en su canción Mourir à 30 ans [https://www.youtube.com/watch?v=GTl39ZD_QwI], una larga enumeración de lo cotidiano que se cercena en el año 30 de la vida: “Un día este 14 de marzo tengo 30 años. / Pero lo que sé todos los días es que en el jardín, / aunque las flores son múltiples, / el agua es una”. ¿Qué hay más terrible entonces que una muerte a media vida? Quizá la convicción de que es fácil y cotidiano morir con 30 años en los suburbios de una gran ciudad.

Eso sí, no hay muerte más violenta que la muerte ejecutada por sentencia. Nos detenemos en un texto escrito por Chico Sánchez Ferlosio a mediados de los setenta, con motivo de las ejecuciones del anarquista Salvador Puig Anctich y del apátrida polaco Heinz Chez. Ejecución pública es el título [https://www.youtube.com/watch?v=TVihGYHGB8s] y el garrote vil el instrumento, que funcionó por última vez en España el 2 de marzo de 1974. Un testimonio dramático el de Chicho que contrasta con la visión irónica de Javier Krahe en La hoguera [https://www.youtube.com/watch?v=D965xqPtcJg] a propósito de algunas otras herramientas de muerte. Porque, al cabo, no hay mejor antídoto contra la tragedia que esa fina ironía, el humor sutil o incluso el sarcasmo más bruto. De esa forma, para Siniestro Total los mejores artilugios para cargarse a un mentecato no son otros que los zapatos de claqué, las mallas de ballet, los discos afilados o la colección de casetes, tal y como entonan en Bailaré sobre tu tumba [https://www.youtube.com/watch?v=UwS-coeTRaE]. Lo mismo que nada hay, desde luego, como Los velorios de antaño [https://www.youtube.com/watch?v=224m_8hyQWE], con sus anises y sus cafeses, según cuentan Claudina y Alberto Gambino versionando a Georges Brassens. Y nada como la ingenuidad naif de Vainica Doble a la hora de describir Un metro cuadrado [https://www.youtube.com/watch?v=rCkcEQ6WgcQ] donde descansar definitivamente. Siempre y cuando no le toquen a uno al lado los protagonistas del canto de Los Sirex en Que se mueran los feos [https://www.youtube.com/watch?v=7APX4lKfeZk].

Y el amor. ¡Ah, la muerte y el amor! Esa pareja en apariencia antitética y, sin embargo, tan estrechamente ligada en numerosas expresiones del cancionero. Desde Morir de amor [https://www.youtube.com/watch?v=Ig_bHx9y-xw] que entona un Miguel Bosé siempre más sentimental que mortal, hasta Moriría por vos [https://www.youtube.com/watch?v=7vstPwvmqGI] que declara el dúo Amaral en un éxtasis amatorio sin límites. Si bien la altura máxima en esa melopea de opuestos nos la ofrece, a nuestro modo de ver y escuchar, Francis Cabrel en Je l’aime à mourir, pura lírica asesina [https://www.youtube.com/watch?v=XHVqKqmbhFA].


Así que, llegando al final, que es tanto como decir a la muerte de este capítulo, volvemos a la solemnidad para recuperar una canción de Pablo Guerrero, que posiblemente pueda calificarse como la más hermosa de cuantas han sido escritas para salvarnos de lo insalvable. Si la unimos con la que nos sirvió de apertura, la de Roberta Flack, el bucle se cierra sobre sí mismo y condena al silencio definitivo las muestras de violencia, de dolor, de rebeldía o de sarcasmo que por el medio han sido: Para huir de la muerte [https://www.youtube.com/watch?v=WK5wisqxo-o].

martes, 1 de noviembre de 2016

Agua pública

     Será un asunto que pasará casi desapercibido, pero conviene hacerle eco: el Ayuntamiento de Madrid organiza, los próximos 3 y 4 de noviembre, un Encuentro de Ciudades por el Agua Pública, conjuntamente con la Red Agua Pública, que reunirá a decenas de plataformas, organizaciones sociales, ambientales, sindicales y políticas del Estado español que luchan por la defensa de la gestión pública, sin ánimo de lucro, transparente y participativa de los servicios de abastecimiento y saneamiento.

     Hace siete años, el municipio de León vivió el proceso inverso al que anima ahora ese encuentro, el de la privatización, y fue entonces el principio del fin del gobierno socialista local, que no necesitó de los dilemas de la abstención para suicidarse. Le bastó en aquella ocasión con comulgar directamente con los principios de naturaleza más neoliberal en lo que se refiere a los servicios públicos y olvidó, entre otras cosas, que Naciones Unidas ha reconocido en reiteradas ocasiones el acceso al agua y al saneamiento como uno de los derechos humanos fundamentales, que debieran protegerse y no convertirse en materia mercantil. Este tipo de olvidos de cuestiones tan básicas se encuentran precisamente en el porqué de la desconexión entre los partidos socialdemócratas y su electorado.

     Lo mismo que continúa sucediendo hoy en día con los tratados internacionales de comercio, que siguen contando con la complicidad socialista europea (y española). La letra de esos acuerdos turbios consagra la libertad de mercado para todo tipo de servicio público, el agua entre ellos, pero también la educación, la sanidad y otros imprescindibles para los pueblos, que debieran ser defendidos al menos con el mismo ardor que ponen las multinacionales en apropiárselos. Es así de elemental y por ello conviene celebrar las iniciativas de los resistentes, tengan éstos la forma de un encuentro como el de los próximos días o la del Parlamento de Valonia. El crédito político se recupera encabezando esas resistencias.

Publicado en La Nueva Crónica, 1 noviembre 2016

martes, 25 de octubre de 2016

De la Geología al universo sonoro

     No hizo falta que todas las agencias meteorológicas del planeta publicaran sus informes para calificar el año 2016 como el más caliente de la historia contenida en sus registros ni que el Boletín sobre los gases de efecto invernadero que publica anualmente la Organización Meteorológica Mundial hable ya de una nueva era de realidad climática. No fue necesario porque, poco antes del chaparrón de anuncios apocalípticos, ya la Geología se había encargado de meter más leña al fuego y confirmarnos, desde la esfera de sus estudios, que la edad poscontemporánea es o será también el principio de una nueva era geológica: el Antropoceno. Aseguran que emisiones de gases, contaminación por plásticos y microplásticos, residuos industriales, acidificación de océanos y pérdida masiva de biodiversidad, todo ello provocado por el ser humano desde mediados del siglo XX, acabarán por hacer reconocible una línea de plutonio en la estratigrafía que dará por cerrado definitivamente el Holoceno.

     Pero esta senda de lo desconocido por la que transitamos, pendiente siempre de tantas verificaciones, es a la vez nueva y vieja. Demasiado vieja tal vez, demasiado terminal. Quienes, conocedores de la irreversibilidad de los cambios y sus consecuencias, optan por una mirada cáustica van todavía mucho más allá de las leyes de la Geología y anuncian, como hace Stephen Hawking, que “la supervivencia de la raza humana dependerá de su capacidad
para encontrar nuevos hogares en
otros lugares del universo, pues el riesgo de que un desastre destruya la Tierra es cada vez mayor”.

     Así que volvemos a girar la mirada hacia ese más allá celestial por donde, en realidad, vagando andamos desde tiempos inmemoriales. La mirada y también el oído, que es lo auténticamente novedoso en esta edad. Si bien los hay que todavía insisten en los viajes a Marte por entre cien y doscientos mil dólares o en los mares de agua bajo la superficie de Europa, el satélite más observado de Júpiter, lo cierto es que las miradas nos la dirigen ahora (todo está teledirigido dentro y fuera de la Tierra) hacia el exoplaneta Próxima b, situado en la zona habitable de su estrella, Próxima Centauri, a solo 4’5 años luz de nosotros. Allí, según ha publicado la revista Nature, puede encontrarse el mundo más parecido al nuestro, aunque, curiosamente, no de allí parece venir el último grito acústico que nos aturde: una señal de radio procedente de una estrella situada a 95 años luz, en la constelación de Hércules, de potencia inexplicable. Cuentan que la señal recibida fue semejante a un beeep, que se prolongó durante unos segundos, y después volvió el silencio. En fin, suficiente, no obstante, para disparar todas las hipótesis en este contexto de nuevas eras geológicas y de repetidas, y más que nuca necesarias, ensoñaciones cósmicas.

     Mas toda esta inflación de referencias acaba de ser coronada con la edición para fetichistas de los discos dorados que la nave Voyager conduce mucho más allá del Sistema Solar después de casi cuarenta años de travesía: tres vinilos con saludos en cincuenta y cinco idiomas y otros sonidos terrícolas como grillos, pájaros, chimpancés, pisadas, la sirena de un barco, latidos de corazón, viento… y la Música de las Esferas en versión de la pionera de la música electrónica Laurie Siegel. Aunque, si somos totalmente sinceros, para muchos de nosotros la música del universo sigue estando protagonizada por El Danubio azul, de Johann Strauss, con el que Stanley Kubrick vistió su odisea en el espacio.  O, de forma más minoritaria quizá, por la lírica de Elena Soto, que sabe unir como nadie ciencia y poesía: “El firmamento también fue un niño frágil / apenas reconocemos su carita de antaño / en la Gran Nube de Magallanes o en la galaxia de Andrómeda. / Quizá sea consciente de que va hacia el gran desgarramiento / olvidando que en la infancia temió a la energía oscura”.
Publicado en Tam Tam Press, 25 octubre 2016

martes, 18 de octubre de 2016

Tunas y tunos

     Por vigésimo novena vez el siglo XVII retorna esta semana a la ciudad leonesa con sus panderetas y sus mustios clavelitos, como cantaba el dúo Vainica Doble. Otras antigüedades se han paseado y se pasean por esas mismas calles con notable frecuencia: carros engalanados y pendones, mercados romanos y medievales, procesiones y conciertos del impresentable Osborne. Hasta un pasacalles hubo hace unos días heredero de la mejor tradición del Teatro Chino de Manolita Chen. Es sin duda la contribución de la ciudad de León (y de los concejales del ramo) a la modernidad.

     Todo ello, se dirá, para mayor gloria y crecimiento del turismo, la única actividad económica que, al parecer, nos va a sacar de pobres merced a la desinteresada generosidad de la hostelería toda y de las muy ingeniosas administraciones. Y todo eso estaría muy bien, claro, si no fuera porque ese turismo tiene otro rostro tan rancio como lo arriba citado: precariedad laboral, horas extras impagadas y fraude generalizado.

     Cuentan, por ejemplo, que el presente está siendo un año magnífico para el sector gracias sobre todo a los muertos que se producen en otras latitudes y que, en gran medida, se han recuperado los precios (o se han superado incluso) previos a la crisis. No cuentan, en cambio, que ese florecimiento de las cifras no tiene correspondencia en los salarios de los profesionales, que apenas se han incrementado en un 1%; ni en los contratos, que en un 50% lo son a tiempo parcial; ni en la reducción de horas extras, que llegan al 20% y que, en el mejor de casos, se pagan en dinero negro porque en otros ni se pagan.

     Para estas consideraciones, en fin, no hace falta entrar en la altura intelectual de las propuestas que pretenden motivar ese turismo, lo cual nos puede conducir a una depresión de otra índole. Por no mencionar tampoco el impacto cultural sobre los indígenas, que tampoco andan sobrados de estímulos. Tunos y tunas, en todo su esplendor, se confunden en ese empeño y sobrando andan más palabras.

Publicado en La Nueva Crónica, 18 octubre 2016

martes, 4 de octubre de 2016

Pobre desempleo pobre

     Aprendimos en la escuela el valor de la posición de los adjetivos y lo que implica en el significado de nuestra expresión. De este modo, ante una persona en situación de desempleo, no es lo mismo decir pobre desempleada que desempleada pobre. En el primer caso, se impone un sentido compasivo que apunta hacia la caridad y consagra la injusticia de ciertas políticas casi como un sino bíblico. En el segundo, se resalta la objetividad de un hecho y se constata una evidencia sobre la que es posible actuar. También con política.

     Pero las prestaciones por desempleo, se miren como se miren, son cada vez más pobres, como lo son también otros de los llamados pilares del estado social. La situación del mercado laboral desde 2008 ha supuesto un gran aumento del número de personas que ha necesitado recibir estas prestaciones, si bien la evolución del paro de larga duración, junto a las medidas adoptadas por el Gobierno, que han limitado las prestaciones en cantidad y en derecho a su acceso, han supuesto un recorte en el número de personas en desempleo que perciben prestaciones y en la calidad de las mismas.

     Para que nos hagamos una idea, baste decir que en la provincia leonesa había el pasado mes de julio 15.907 beneficiarios, un 11’5% menos que un año atrás, lo cual, evidentemente, no se corresponde con el mismo descenso en el número de personas desempleadas; que sólo un 50’3% de ellas disfrutan de cobertura por su situación frente al 74% que lo hacía en 2009; que para menos de la mitad llega la prestación contributiva, mientras que para el resto es asistencial; y que la cuantía media por persona es de 779 € al mes, mientras que era de 831 € en 2009.

     Recuérdese, pues, a la hora de los adjetivos, que en el año 2012 el sistema de protección por desempleo sufrió unas muy serias modificaciones, que han conllevado recortes importantes en el número de personas beneficiarias, en derechos de prestación, de duración y de cuantías a percibir por ellas. Así se explica en parte la pobreza.

Publicado en La Nueva Crónica, 4 octubre 2016

martes, 27 de septiembre de 2016

La educación como problema

     Todos los discursos acaban dirigiendo su mirada hacia la educación, máxime en un contexto como el actual donde, conscientes de los cambios que se producen o que se anuncian, convenimos que en ella reside buena parte del porvenir. Pero esas sanas intenciones, que en muchos casos no van más allá de lo declarativo, cuando no son las más de las veces directamente incumplidas, ignoran sin embargo que la educación no es tanto un remedio como un verdadero problema a la hora de perpetuar la segregación social. Así lo ha sido a lo largo de los siglos sin que nada se haya resuelto hasta la fecha.

     Sin entrar en sus virtudes, incuestionables se mire como se mire, el hecho educativo, frente a lo que se quiera pensar en un sentido contrario, contribuye como un soporte indispensable y sin igual al mantenimiento eterno de las desigualdades. Ése es el problema. No es extraño, pues, que en las sociedades presentes sea asunto más que recurrente para consolidar ese reinado de la desigualdad en que se han convertido. Pero no fue diferente en otros momentos históricos.

     En realidad, entre Rousseau de un lado y Plauto y Hobbes de otro se ha movido siempre toda la teoría y la práctica educativa. O lo que es lo mismo, entre aquellos que piensan que “el hombre es bueno por naturaleza, que es la sociedad la que lo corrompe” y los que sentencian que “el hombre es un lobo para el hombre”. Pero ni unos ni otros, con planteamientos e intereses evidentemente contrapuestos, han conseguido organizar el mundo de un modo más justo y evitar que la consecuencia última sea la que señala el profesor Julio Mateos: “La educación no ha sido igual para las diferentes clases sociales, siendo fiel reflejo de la lucha y las desigualdades sociales a lo largo de la historia”. Así que si esto ha sido así en el pasado, qué no se estará guisando delante de nuestras narices en estos tiempos de barullo y río revuelto, de desclasamientos y divergencias.

     Otro profesor, en este caso de la Universidad de Roma-La Sapienza, Maurizio Franzini, observa la realidad actual y concluye lo evidente: “En todos los países, la correlación entre la educación de los padres y la de los hijos es muy elevada (lo cual significa que las oportunidades no son iguales para todos) y, además, la educación –lo que los economistas suelen denominar capital humano- garantiza rentas del trabajo más elevadas”.

     Y unos datos más para acabar, que prueban la opinión del filósofo Manuel Sacristán, para quien “la Universidad crea hegemonía, preparando a la sociedad para aceptar la supremacía de unas clases sobre otras”. Quizá por ello, en plena eclosión de las políticas neoliberales, el número de estudiantes sigue bajando en las universidades españolas, especialmente en las públicas, que desde el curso 2011/2012 han perdido más de 101.000 matrículas, y son en cambio las universidades privadas y de la iglesia católica las que han ganado terreno en el número de alumnos y alumnas, incrementando su cuota de mercado en el nivel de máster hasta en un 31’6%. Aunque, naturalmente, también se comprueba el sesgo del privilegio en otros niveles y en otros países: según revela un reciente informe sobre movilidad social publicado por el Gobierno británico, sólo el 7% de niñas y niños británicos asiste a escuelas privadas en Reino Unido; sin embargo, en 2014 en el sector de la banca de inversión, el 34% del personal incorporado en los últimos tres años había estudiado en colegios de pago. Como se ve, el problema de la educación está más vivo que nunca en esta sociedad poscontemporánea.
Publicado en Tam Tam Press, 26 septiembre 2016

martes, 20 de septiembre de 2016

Descarrilamientos

     Los entornos de Brañuelas y de Busdongo fueron escenarios frecuentes en la historia de los descarrilos y destino repetido para aquel “vagón de socorro” en el que viajaban herramientas y obreros encargados de las reparaciones. Lo recordará así, seguramente, la vieja estirpe ferroviaria, a pesar de que ambas localidades hayan acabado descarrilando incluso de los mapas actuales del ferrocarril. Por lo general, los sucesos los protagonizaban interminables trenes de mercancías que erosionaban sin piedad, como aquellos inviernos, unos trazados decimonónicos y unas hechuras más bien endebles.

     No ocurre así hoy. Quizá porque en el último cuarto del siglo pasado se produjo una modernización general del país, pero también porque en las últimas décadas el tráfico de mercancías por ferrocarril ha perdido casi todo su mercado en favor de la carretera. Lo que ocurre hoy, en cambio, es otro tipo de accidentes mucho más dramáticos, porque incorporan víctimas, que suelen achacarse a errores humanos sin tener en cuenta la necesidad de nuevas inversiones que podrían evitarlos. Angrois y O Porriño son los últimos ejemplos.

     Aunque no sólo asistimos a descarrilamientos clásicos. Hay muestras notables de otros incidentes que también provocan descarríos. Sin ir más lejos, lo que se ha salido del carril en la provincia leonesa han sido sus planes ferroviarios todos. Unos por pura desidia política o intereses cruzados, como el polígono de Torneros; otros por simple desprecio o abandono malintencionado, como la integración y consolidación del trazado de vía estrecha; otros más por sorpresivos manantiales que la geología y sus progresos no previeron, como la variante de Pajares; y, en fin, los últimos por no tener en cuenta que hay colectores y otras redes subterráneas previas a la formalización de proyectos, como el soterramiento de la línea de alta velocidad. Pero no sucede nada. Aquí no hay error humano ni caja negra que identifique responsabilidades y ponga en su lugar a los irresponsables.

Publicado en La Nueva Crónica, 20 septiembre 2016

martes, 13 de septiembre de 2016

Los otros

A pesar de lo que pueda parecer, no hablaremos de cine sino de Jean Paul Sartre. No nos viene de Amenábar el título de este episodio para generar una lista de audición, sino del escritor francés, para quien “el infierno son los otros”. Y añadía, con la intención de explicarlo en parte: “Yo quiero decir que si nuestros vínculos con el prójimo son retorcidos, viciados, el otro no puede ser otra cosa que el infierno”.

Pues bien, pocos tiempos tan retorcidos y viciados como los actuales, donde se mira a los otros, los no nuestros, como los causantes de todos los males del infierno y son por ello nombrados como el infierno mismo. De entre todo ese universo infernal, dos colectivos parecen encarnar, según la retórica pueril que tanto se lleva ahora, todos los males del averno: refugiados y emigrantes. Los que vienen de más allá. Los otros. El infierno. Así que a ellos, se les considere como se les considere, dirige su atención Moderato Cantábile para construir el cancionero de la otredad, darle la vuelta a las noticias endiabladas de cada día y descubrir en las canciones el antónimo de las xenofobias.

Para empezar, destacaremos una serie de cantables más que comprensibles –van en lenguas romances-, que debieran sustituir de forma paliativa a la sintonía de todos los telediarios. Nos iría mucho mejor. Pablo Guerrero en El emigrante [https://www.youtube.com/watch?v=o4oUyeRj1Pc&list=PL8F790F6AB1E093C4&index=2], Miguel Ríos en Al Sur, al Sur https://www.youtube.com/watch?v=9If5NwWo-DQ] y Os Resentidos en Por Alí, por Alá [https://www.youtube.com/watch?v=mT0cFz3UZ2U] nos descubren en carnes propias la experiencia de la emigración pasada, presente y futura, los peligros de nuestra corta memoria y cómo al cabo todos somos iguales ante el suceso de la emigración. Un mensaje que se puede reforzar aún más con el relato en clave latina de Lila Downs en El bracero fracasado [https://www.youtube.com/watch?v=cBM-AYMsXzc] o con el mucho más almibarado de Tam Tam Go en Espaldas mojadas [https://www.youtube.com/watch?v=f-rzq2PDcrc], sirviéndose de una clave parecida a la anterior aunque en un plano sentimental. La lista, en fin, podemos ir rematándola con un par de canciones que son una estremecedora llamada a la igualdad frente a la insistencia en lo diferente y con otros dos corolarios más que emotivos. Las dos primeras, casi dos manifiestos, las firman Los Coyotes y Jorge Dréxler y se titulan 300 kilos [https://www.youtube.com/watch?v=R21d66HYGPw] y Milonga del moro judío [https://www.youtube.com/watch?v=myVi6pVYYb8]; las otras dos nos las ofrecen, de un lado, Luis Pastor con África en los ojos [https://www.youtube.com/watch?v=WbVfoEe4veo], una delicia de convivencia musical entre culturas, y Bunbury con El extranjero [https://www.youtube.com/watch?v=g8gtVRhgnKo], por si a estas alturas estuviésemos todavía necesitados de evidencias.

Pero los otros tienen también sus propios cantos y con ellos, cómo no, nos cortejan, siempre y cuando no cerremos nuestras orejas para abrirlas sólo a los grandes palabreros. Inmenso resulta el repertorio e inabarcable, más todavía desde que la etiqueta étnica vino a ocupar su espacio en los anaqueles del comercio musical y se popularizaron los festivales con ese acento, desde La Mar de Músicas hasta todos los Womad que en el mundo han sido. Por esa razón, sin afán de ser exhaustivos, guiados sólo por nuestro gusto personal, lo que proponemos es un sencillo viaje por otras geografías, otros compases, otros conflictos donde el sufrimiento es eterno y verdadero.

Inevitablemente, África aparece siempre en el núcleo de esas trashumancias y por ella abrimos el catálogo. África negra como la Uganda de Geoffey Oryema, que suma al inglés los idiomas de su juventud, el swhaili y el acholi, para describir su Land of Anaka [https://www.youtube.com/watch?v=8whgLjMUBaE]; como las altas mesetas de Kenia, donde Isak Dinesen tuvo una granja y donde resuena Nipelaki kwa baba del Doctor King’Esi  [https://www.youtube.com/watch?v=GUEntsQdC6I]; o como la Burkina Faso y el Senegal de Cheikh Lô, grandioso ejemplo de fusión entre ritmos y lenguas como se demuestra en Set [https://www.youtube.com/watch?v=7SqruB0MMlc]. Canciones norteafricanas mucho más próximas por razones más que obvias, que suman a sus melodías tradicionales tonalidades e idiomas europeos, tal y como ocurre con Khaleb, el gran exponente del raï argelino, y Aicha [https://www.youtube.com/watch?v=RvK19xgAxSU]; como las resonancias saharianas de Aziza Brahim al interpretar Julud [https://www.youtube.com/watch?v=9SvfLB6bLHM]; o como la guitarra tuareg del nigerino Omara Moctar, Bombino, desplegándose en Agadez [https://www.youtube.com/watch?v=fzWBow0OAeA].

Pero el cancionero de los refugiados recientes no estaría completo sin las melodías del oriente más o menos próximo, de donde llegan a diario legiones de seres desesperados y traficados. De Paquistán, de donde procede Must nazron se allah bachaye [https://www.youtube.com/watch?v=B9lt-JI86k4] a cargo de Nusrat Fateh Ali Khan, el maestro del Qawwali, la música devocional de los sufís; de la desolada Siria, donde triunfaba Omar Souleyman, quien interpretó en el concierto de entrega del Premio Nobel de la Paz en 2013 la canción Salamat Galbi Bidek [https://www.youtube.com/watch?v=yGbThoV1E6g]; o del masacrado Irak, donde reinaba la más que eurovisiva (en lo visual) Klodia con su interpretación de Yehannen [https://www.youtube.com/watch?v=ZsWgp0Ruoug]. En fin, tierras que fueron el origen de la civilización y que se nos aparecen hoy injustamente condenadas a la guerra y al terror. El verdadero infierno.


De modo que los otros no son tal cosa, salvo por efecto de la manipulación y de los miedos occidentales, europeos muy en particular. Sobre todo, como hemos dicho, en estos tiempos retorcidos y viciados. A saber lo que hubiera escrito al respecto don Juan Pablo Sartre de haber asistido a este ejercicio de cinismo.

martes, 6 de septiembre de 2016

Sensaciones

     Hay palabras que de repente saltan a la fama y modifican nuestra manera de describir la realidad. Un día ocurrió que desde esos informativos meteorológicos de la televisión nos explicaron que una cosa es la temperatura y otra, la sensación de esa temperatura, de tal modo que ahora casi todos hablamos de la sensación de frío o de calor, no así del frío o del calor propiamente dichos, como si hubiésemos cursado un máster en climatología. Eso pasa con las sensaciones.

     No de otro asunto se ha hablado más, por ejemplo, a lo largo de los recientes juegos olímpicos, de los primeros partidos de la nueva liga de fútbol o del devenir de la todavía viva Vuelta ciclista. De las sensaciones. Hablar de sensaciones es como anticiparse al futuro pero sin adquirir compromisos: “las sensaciones son buenas”, “voy teniendo sensaciones”, “parece que las sensaciones son positivas” y así sucesivamente. El rendimiento es harina de otro costal, pero en cualquier caso las sensaciones nos animan y nos confortan, nos predisponen así a los deportistas como a los espectadores. En suma, nos hemos vuelto sinestésicos.

     Porque el mundo de las sensaciones es sobre todo un mundo sensorial, aunque luego lo transformemos en algo así como una percepción psíquica y consigamos razonarlo en otros términos. Y por eso nuestro país vive desde hace meses de puras sensaciones más o menos animadas, en lugar de hacerlo de realidades debidamente contrastadas. En verdad no de otra forma puede explicarse el acontecer político y sus comportamientos. En lugar de construir un nuevo tiempo, nuestra primera preocupación es estimular la sensación adversa sobre el contrario e hipertrofiar la (también) sensación de hastío hasta no tener fin. Incluso se extiende ya la terrible sensación de que, tal y como nos va, no tenemos ninguna necesidad de contar con quien gobierne.

     En fin, lo que sucede también con las sensaciones es que uno se congela y ni siquiera es capaz de darse cuenta hasta el fatal desenlace. Hasta la no sensación.

Publicado en La Nueva Crónica, 6 septiembre 2016