Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

martes, 29 de julio de 2014

Privatizar la enfermedad


     Hace unos años, el filósofo alemán Boris Groys escribía lo siguiente: “el valor fundamental de las sociedades capitalistas es la salud. Si se ve hoy el amor con buenos ojos, y ya no es esa tragedia que contaban los románticos, es porque han comprobado que practicarlo es saludable, que hacer el amor reduce el estrés o cosas por el estilo. También en Estados Unidos se considera que es bueno pensar una media hora al día porque ha habido estudios que han demostrado que se trata de una actividad que, siempre que no se abuse, genera unos procesos químicos que son provechosos para la buena salud. No hay otra opción para disentir que reivindicar la infelicidad, la enfermedad, el fracaso, la ruina”.

     No sé muy bien si lo entendimos acertadamente entonces, pero de lo que no cabe duda es de que hoy cobra un sentido absoluto y fácil de comprender entre nosotros. Superados los procesos iniciales que nos conducen hacia la privatización total de la sanidad, previo descrédito y destrucción del sistema público, hemos llegado al fin a un nuevo estadio en el que se pretende directamente privatizar la enfermedad. El arma para tal propósito son las mutuas y la generosa cesión que el Gobierno les ha hecho en la Ley recién aprobada para que vigilen nuestras dolencias comunes, nuestras altas y bajas, y, en paralelo, supervisen o desautoricen a los profesionales del sistema público. De paso, se cuestiona además, de forma injusta, la capacidad del Instituto Nacional de la Seguridad Social, del Servicio Público de Empleo y de otros medios públicos para gestionar numerosas otras prestaciones. Y, sobre todo, se hace sin profundizar en el control público de dichas entidades, a pesar de los casos de malversación de recursos por parte de algunas mutuas muy señaladas.

     Estos son los nuevos tiempos que los poderes nos diseñan. Nos quieren malsanos a toda costa, no sanos; nos quieren ocupados como sea, no empleados con dignidad; nos quieren de cualquier manera. Nos quieren mal. ¡Viva la enfermedad!

Publicado en La Nueva Crónica, 29 julio 2014

martes, 22 de julio de 2014

Armstrong & Fitzgerald / Joplin / Kidjo


     Muchas son las canciones del verano perfectamente prescindibles. Sin embargo, hay otras canciones de verano (obsérvese la diferencia) que son algo así como la canción de la vida para muchos de nosotros. A veces por su pervivencia a pesar de las edades; en otras ocasiones porque evolucionan con nuestro existir. Pero una de ellas al menos aúna las dos vertientes: Summertime.

     La verdad es que, Sonatas de Vivaldi aparte, casi ningún otro cantable goza de esta cualidad: su evolución a lo largo de décadas es, salvando distancias, la misma evolución de nuestro existir y, para quienes nacimos y crecimos en la pasada centuria, su resistencia al ocaso es también algo así como el eco de nuestro propio ser. Ello a pesar de que su origen es bien remoto, pues la compuso Geroge Gershwin nada menos que en 1935 para la ópera «Porgy y Bess». Pero su relevancia es tal que si buceamos entre el montón de versiones que se han sucedido después, podremos reproducir a través suyo buena parte del itinerario de nuestras vidas.

     Empecemos por la que grabaron Louis Armstrong y Ella Fitzgerald a finales de los años 50. Como ellos dos, los nuestros eran entonces veranos en blanco y negro, veranos en sepia, veranos como mucho en rosa y amarillo, aquellos veranos de ayer que guardamos en nuestros álbumes de fotos y de canciones; o tal vez ni siquiera eso, tan sólo en la vaguedad del recuerdo. Éramos unos críos y nos llevaban de acá para allá, de las playas de Alicante a los arenales gallegos, de los domingos en Gijón a la verbena de Armunia. Y así, tal y como fuimos creciendo y sustituyendo esos paisajes por las playas de Llanes y de Torimbia y por los riscos de Tablada y Picos de Europa, del mismo modo aquella melodía fue poco a poco reemplazada por la que interpretara Janis Joplin ya en 1971 (el disco salió a la luz seis semanas después de su muerte). Luego, la impronta de los veranos con Janis ha perdurado durante bastantes años, exactamente el mismo tiempo que dura una juventud con límites cada vez más y más imprecisos; no importó que por el medio circularan también sucesivos arreglos por parte de Miles Davis, Lila Downs o incluso Marilyn Manson entre otros muchos. Solamente cuando descubrimos la recreación que hizo Angelique Kidjo al borde del presente siglo, supimos que habíamos llegado por fin a la edad adulta, a un nuevo verano sin retorno, bien a pesar de que no hayamos dejado de completar el escenario estival con nuevas estaciones en Berlín, en Braganza o en Bretaña.

     El caso es que, como acabamos de explicar con una sola muestra, la denostada etiqueta “canción del verano” tiene muchas otras acepciones y no precisamente despreciables. Decía el poeta Benjamín Prado que “todas las canciones terminan por ser tristes, por ser la banda sonora de algo que has perdido”. Tal vez sí o tal vez no. Lo cierto es que algunas de ellas escapan de esa maldición y van y vienen, como nosotros mismos, y son eternamente en nosotros. Aunque muten del mismo modo que lo hacemos los vulgares mortales.
L. ARMSTRONG & E. FITZGERALD: http://www.youtube.com/watch?v=LDF4_qVgbFU

Publicado en genetikarockradio.com, 22 julio 2014

martes, 15 de julio de 2014

De vacaciones


     Si no fuera por lo obsceno que resulta decirlo frente a varios millones doloridos de sus habitantes, este país está a punto de irse de vacaciones si no lo ha hecho ya. Parece cosa natural, como un simple cambio de hoja en el calendario: lo mismo que a junio le sucede julio, a los meses de trabajo le siguen los días de vacación. Está bien que así sea, que se perciba como un hecho consumado, pero igualmente sería bueno que nos detuviésemos a valorar tal advenimiento.

     Como bien deberíamos saber a estas alturas, no estamos ni mucho menos ante un acontecimiento surgido de la nada o venido de la dudosa generosidad de los poderes, sean éstos los que sean en cada caso. Todo lo contrario, es el resultado de una conquista que costó años, que supuso sacrificios y que, finalmente, adquirió un sentido universal a pesar de que no fue con toda seguridad un amplio universo el que peleó por ello. Lo mismo ocurre, claro, con otros derechos laborales o sociales alcanzados sobre todo a partir de la revolución industrial y durante el pasado siglo: descansos semanales, jornada laboral, cobertura de bajas por enfermedad, etc. Ni que decir tiene que a la extensión de todo ello ha contribuido como la mejor herramienta la negociación colectiva y el llamado diálogo social.

     Esos beneficios, como hemos señalado, son y deben ser necesariamente universales. No importa el grado de implicación de los individuos en su consecución, es algo de todos y de todas, lo cual tiene su contrapartida en un sistema de relaciones laborales como el español: la figura del free rider (el gorrón), aquél que obtiene las mejoras sin necesidad de implicarse lo más mínimo, un personaje cada vez más presente en estos tiempos de creciente parasitismo social.

     Ahora bien, lo más importante para los unos y para los otros, para los comprometidos y para los aprovechados, es reconocer un principio fundamental: los derechos no se heredan, se luchan generación a generación. Tal vez esto explique en parte por qué estamos como estamos.

Publicado en La Nueva Crónica, 15 julio 2014

viernes, 11 de julio de 2014

De los videntes a los griales


     Náufragos en el mar de confusión, pasajera o permanente, de los tiempos poscontemporáneos, las certidumbres se persiguen como el pan, como el techo o como el trabajo, las otras tres carencias de la época. De modo que, sometidos por el ansia o por la pura necesidad, dispares se nos muestran al cabo las formalidades de esa búsqueda sedienta, algunas de las cuales ayudan también a comprender este contexto torcido.

     Obsérvese el caso, por ejemplo, del individuo de color más bien oscuro que reparte por las calles de esta ciudad de provincias octavillas con la siguiente inscripción: “Maestro Sako. Auténtico vidente espiritual africano”. Léanse acto seguido los diarios locales, e incluso nacionales, y repárese en el siguiente titular repetido en varios formatos y ediciones: “¿Está el Santo Grial en León?” (ABC 29/03/2014). Videntes, no cualquier vidente, y griales, no cualquier grial, unidos pues por un azar que no necesariamente es tal, sino un signo más de lo que apuntamos. Rarezas en suma para iluminar con una u otra fe esta edad rara.

     Sin entrar en su verosimilitud, son asuntos los dos extraordinarios, impropios al menos de la edad pretérita. Conservan de ella, sin embargo, la pervivencia del hecho religioso en su vertiente más fantástica, una constante eterna del género humano, ya se trate de lo curativo o milagroso, ya sea de lo mágico o místico subido de tono. Uno y otro aúnan además el exotismo y la leyenda, modalidades siempre exitosas para escapar de lo real y de lo inmediato, que se rechazan por adversos. Mas lo extraño en verdad es este continente que los acoge, este espacio eternamente monótono y repetido sobre sí mismo durante siglos, esta ciudad de piedras muertas donde lo insólito, como mucho, eran sus peregrinos jacobeos y donde las leyendas eran de lobos o de vírgenes aparecidas. Es el nuevo mundo competitivo y transfronterizo el que ha aproximado hasta nuestras puertas la espiritualidad africana y el que nos lleva a figurar que al interior de ellas habita el cáliz divino que atraerá el fervor y la curiosidad de nuevas masas viajeras. Es decir, el dinero.

     Así pues, donde fueron curanderos y confesores de toda la vida se sitúan hoy adivinos y hechiceros; donde fue por siglos el gallo de San Isidoro, son ahora las sagradas formas de un grial presuntamente sagrado. Todo, eso sí, con afán de prolongar el hechizo sobre lo cotidiano y extenderlo en lo global para importar visitantes: unos dejarán su óbolo, otros tratarán de recaudar el suyo, todo un intercambio económico entre el más allá y el más acá con sede en un geriátrico. No nos salvarán ni las industrias ni las tecnologías, no la harán ni la ingeniería ni las humanidades, no: el futuro por estos páramos vuelve a ser el pasado dado la vuelta. Las autoridades lo celebran ya encantadas, mientras se zambullen a su vez en otro eslogan ajado –la cuna del parlamentarismo-, y la ciudadanía toda aguarda el zumo de ese cáliz también para bañarse en él. Lo dice el propio Maestro Sako en su propaganda volandera: “no hay problema sin solución”, que es lo mismo a la postre que recogía el refranero en sus sentencias: “el que no se consuela es porque no quiere”. Por lo visto, hasta los refranes van a convertirse en cronistas de la ultraposmodernidad.
Publicado en Tam Tam Press, 11 julio 2014

domingo, 6 de julio de 2014

Bowie / Parálisis Permanente


     Nunca el pop y el rock español se han mantenido ajenos al ancho mundo de las versiones. Todo lo contrario, desde sus orígenes simples hasta estos días de mezcolanza, siempre han aportado grandiosas muestras de buen hacer en esta ingeniería que no sólo consiste en la libre traducción y acomodo melódico al idioma. No, a veces, muchas veces, han sido auténticas apuestas de riesgo.

     En un reciente artículo muy recomendable, titulado Dilo en español: versiones con personalidad [http://tamtampress.es/2014/05/26/dilo-en-espanol-versiones-con-personalidad/], el buen comentarista Carlos del Riego se extiende en este asunto con sabiduría y se detiene muy especialmente en las aportaciones de dos grupos fundamentales: Siniestro Total y Los Cardiacos. También nosotros, al hilo de La Chanson de Prevert, en el capítulo anterior, destacábamos el caso de estos últimos, aunque el ejemplo traído a colación entonces fuese ya post-cardiaco. Bien, de todos modos la cosecha es extensa, en cantidad y calidad como suele decirse, y podríamos aquí perfectamente acumular un sinfín de episodios, una innumerable sucesión de buenas versiones, múltiples ejemplos de ese filón que ha confirmado que nuestros grupos siempre han estado a la altura. Pero, claro, eran del sur. Y con el inconveniente de que lo latino ha restringido tanto su geografía que acabamos no siendo de ninguna parte.

     Poco importa. La que hoy merece nuestra atención, con reconocimiento masivo o sin él, es posiblemente una de las mejores recreaciones que los músicos españoles han firmado sobre sus originales anglosajones. Y conste que ya el original era magnífico. Nos referimos a Héroes de Parálisis Permanente, interpretación muy sui generis de la homónima de David Bowie.

     La de Bowie venía de 1977 y la había grabado junto a Brian Eno. Palabras mayores por tanto. Su repercusión fue grande y doble: en lo musical porque el álbum del que formaba parte, de igual título, se ganó pronto la etiqueta de ser uno de los mejores del músico británico; y en lo testimonial porque al cabo narraba la historia de dos amantes a la orilla del muro de Berlín: “De pie, al lado del muro / y las pistolas disparando sobre nuestras cabezas. / Y nos besamos / como si nada pudiese caer. / Y la vergüenza estaba en el otro lado”.

     Lo que hizo Eduardo Benavente al frente de su grupo fue leerla conforme a su universo particular, el oscuro universo de Parálisis Permanente, aquella banda tan fugaz como capital en la historia del pop español. La incluyó dentro de su único álbum, «El acto», en 1982, donde también había otra versión de los Stooges, Quiero ser tu perro.  Y, como casi todo en aquel instante de gloria, también Berlín no era ya más que una atmósfera borrosa: “Yo, yo puedo acordarme / estar contigo en Berlín / y nada, nada nos separaría, / seremos nosotros / un día nada mas”. Apenas medio año después de todo aquello, Eduardo fallecía en accidente de tráfico después de un concierto en la ciudad de León.

Publicado en genetikarockradio.com, 7 julio 2014

martes, 1 de julio de 2014

Disparates


     El caso es que en estas fechas de final de curso nunca cesan los disparates de nutrir todas las antologías que ocurrírsenos pudieran. Los hay para todos los gustos, puesto que exámenes, evaluaciones y pruebas de todo tipo se acumulan en los albores del verano. Mas no es necesario ni mucho esfuerzo ni mucha corrección para destacar algunas perlas de este género que provocan tanto asombro como desazón. Máxime por venirnos de quienes nos vienen.

     Véase el caso del Presidente del Gobierno, hombre bien estudiao, como él mismo diría, y con sus títulos a la espalda. Preguntado a la salida del Congreso de los Diputados, después de la proclamación del nuevo Rey, sobre el tal acontecimiento, su respuesta fue verdaderamente antológica: “ha sido un acto bonito”. Y no hubo más.

     Véase también el caso del Ministro de Industria, también individuo de posibles y hasta abogado del Estado o similar. Interrogado en el periódico Cinco Días el pasado 21 de junio acerca de las energías renovables, afirmó: “Si me apura, hay países que están mirando al modelo de estándares de España para intentar resolver el problema que también tienen con las renovables”. Repreguntó el periodista: “¿Qué países?”, y sentenció el Ministro: “No lo sé aún”. Y se quedó tan ancho.

     ¿De qué nos sirven, pues, todas las adaptaciones curriculares, los programas de apoyo, las clases particulares, las repeticiones de curso o la pedagogía toda si el único adjetivo que se le ocurre a un Presidente de Gobierno es “bonito”? ¿De qué nos sirven años de enseñanza y de universidad si su único comentario sobre un asunto que ha disparado un sinfín de polémicas es que se trata de “un acto bonito”? ¿De qué nos sirven leyes, bolonias, becas, erasmus y demás si el Ministro de Industria es capaz de retratarse de forma tan ignorante? ¿De qué nos sirve semejante Presidente o semejante Ministro? Probablemente para poco más que para hacernos llorar y para completar con excelencia una nueva edición de cualquier antología del disparate.

Publicado en La Nueva Crónica, 1 julio 2014

martes, 24 de junio de 2014

Montand / Gainsbourg / Cometa / Johansen


     Las peripecias del cancionero pueden llegar a ser laberínticas hasta el punto de que resulten irreconocibles los extremos de una cadena. No es sólo que una versión suceda a un original y lo oculte o lo suplante. No: pueden convivir aún en planos diferentes. Pero a veces una versión recrea a otra versión y entonces el salto es mayor. Nos situamos en el terreno de la meta-versión.

     Les feuilles mortes es una canción emblemática en este sentido. Fue compuesta en 1945 mediante la fusión de un texto del poeta francés Jacques Prévert con la música del húngaro Joseph Kosma. Era una chanson muy a la francesa, con ciertos aires de jazz, que inmortalizó otro símbolo de la escena gala, Yves Montand. En apariencia, una de tantas canciones de llorar (“La vida separa a los que se aman, / dulcemente, sin hacer ruido. / Y el mar borra sobre la arena / los pasos de los amantes separados”), pero tan perfecta que acabó creciendo hasta convertirse en mito, tal y como lo demuestran sus 514 versiones firmadas por 140 artistas en otros tantos estilos: Edith Piaf, Iggy Pop, Ute Lemper, Chet Baker, Nat King Cole, etc.

     Hasta que en 1961 el gran transgresor Serge Gainsbourg publicó su tercer disco, «L’étonnant Serge Gainsbourg», y en él incluyó una canción titulada La chanson de Prévert. No se trataba de la versión 515 ni del artista 141. Todo lo contrario, sobre aquella base construyó un nuevo cantable que recogía las influencias del primero y todos sus significados añadidos por el tiempo, por el sentimiento y por la propia fama: “Me gustaría que te acordaras, / esta canción era la tuya, / era tu preferida, creo, / pertenece a Pévert y a Kosma”. Para concluir –no podía ser de otro modo- que, sin importar tiempo ni sentimiento ni fama, “cada vez las hojas muertas / te devuelven a mi recuerdo. / Día tras día, los amores muertos / no terminan de  morir”.

     Y sí, Gainsbourg también triunfó con su meta-versión y tuvo, cómo no, sus propios herederos. Enrique Jiménez, líder que fuera de Los Cardiacos, a quienes tantas otras versiones sublimes debemos, junto a Rafa Hernández, tuvo allá por 1999 una segunda vida en formato dúo bajo el nombre de El Cometa Errante. Hoy por desgracia inencontrable, ellos trasladaron a la lengua castellana, en una versión muy sui generis, el eslabón del transgresor y firmaron una canción que, escuchada en el único hueco donde reside en la red, nos proporciona una melancolía todavía mayor de lo que la letra cuenta. Quizá porque aquel cometa errante mereció sin duda mucha mejor y larga vida.

     El caso es que, para cerrar la historia dignamente y constatar que sigue viva, la última parada la hacemos en la estación de Kevin Johansen, músico multifacético y encantador de audiencias, quien también se fijó en el amigo Gainsbourg para sumar en su disco políglota «Sur o no Sur» (2002) su particular sensación acerca de las mismas hojas muertas. Más cercana a la original, incluso en el idioma, goza no obstante de una desnudez abrasadora.

Publicado en genetikarockradio.com, 

martes, 17 de junio de 2014

Proveedores y emergencias


     En un reciente encuentro de la nueva directiva del Círculo Empresarial Leonés con el también nuevo Presidente de la Diputación, éste último destacó que la institución provincial no tiene obligaciones pendientes con proveedor alguno y que el pago se está efectuando a 23 días, siete antes de lo que marca la ley. Este dato, desde el punto de vista de Marcos Martínez, hace de la administración provincial una referencia para muchas empresas que cobran puntualmente.

     Esta bien que así sea, nadie lo duda, y algo tiene que ver con ello la gestión de la anterior Presidenta, en cuyos panegíricos tras su fallecimiento se destacaba también este hecho. Mas, respetados los tiempos del respeto, justo es también poner de relieve la cruz de sus políticas y de sus gestiones. Porque, al cabo, los éxitos que se destacaron ocultaban también los fracasos, quizá porque no era el momento.

     El caso es que la Diputación Provincial no ha tenido la misma sensibilidad con sus proveedores que con las personas necesitadas. El capítulo de ayudas de emergencia que en ella se gestionan ha sido y es todavía un sinsentido. De poco sirvió que el Consejo Provincial del Diálogo Social acordara en 2011 un mejor procedimiento para su concesión y tramitación: el acuerdo nunca superó las paredes del despacho de Isabel Carrasco. De poco sirvió que la Junta aprobase en marzo de 2013 un Decreto que mejoraba los trámites y obligaba a todas las administraciones. De poco ha servido que la Diputación adaptara su ordenanza a ese Decreto, con un retraso de casi un año, en febrero de 2014, pues todavía sigue viva la gestión de ayudas sometidas a la ordenanza prehistórica, que lleva la emergencia a ser atendida después de medio año y con facturas justificativas de por medio.

     Esto es también gestión y es política. El nuevo Presidente de la Diputación tiene en ello ocasión de marcar un estilo diferente al de su predecesora: atender bien a los proveedores, sí, pero igualmente a quienes, en situación desesperada, le demandan ayuda.

Publicado en La Nueva Crónica, 17 junio 2014

sábado, 14 de junio de 2014

En la playa


On the beach [http://www.youtube.com/watch?v=6X0FjlybCqs], la canción de Chris Rea, puede ser el mejor de los prólogos para este capítulo pre-estival de Moderato Cantábile, con el que pretendemos adelantarnos a los meses de vacación, sofoco y asueto que están a la vuelta de la esquina. Como es natural, los itinerarios y los destinos pueden ser tan diversos como las personas que los recorren o los visitan, cada cual tiene sus vicios y sus devociones. Pero más allá de los planes que andemos ya mimando para el próximo verano, lo cierto es que un enclave los supera a todos. Nos referimos a la playa, a las playas, por donde vamos a pasear en compañía del cancionero para diseñar una play-list arenosa y blanda como un helado en la boca.

Las ciudades que miran al mar son ciudades infinitas. Pareciera que tienen límites en sus arrabales y que los cartógrafos han dibujado para ellas un plan de ordenación tan común como otro cualquiera. Pero nos equivocamos, porque desde sus paseos marítimos, desde sus rompeolas, desde sus muelles de pescadores y desde sus arenas nos abraza un horizonte que siempre está mucho más allá de nuestras miradas físicas y sentimentales. Por eso nos gustan las playas urbanas; y entre ellas, sin duda, las de las costas del norte, aunque no hagamos ascos a ninguna otra, como veremos. De las septentrionales, bastante bien conocidas por los habitantes de estos páramos mesetarios, cuatro se nos antojan de comunión obligatoria: Riazor en La Coruña, El Sardinero en Santander, La Concha en San Sebastián y San Lorenzo en Gijón. Precisamente, un cantable de Víctor Manuel tiene parte de su escenario final en ésta última: Eran dos niños [http://www.youtube.com/watch?v=wPYp2kk9LSw&feature=kp]. De las otras, de las que se abren al Mediterráneo para el veraneo de medio pelo y la hibernación más truculenta, también podemos extraer algún detalle. De hecho, las playas masivas tienen su punto, un como encanto abarrotado de estímulos excesivos, de derroches incontrolados, de algarabía ingobernable donde todo es posible, hasta lo humano. Lo bueno, lo mejor de todo es que siempre están abiertas, que no hay temporada, que siempre hay un neón encendido, una taberna inglesa, un hotel con espectáculo de pasodobles, un arroz a banda, un club de alterne, un tiro al aire, un mercadillo de inútil artesanía africana, un puesto de bisutería con una joven lánguida al frente, un niño insoportable, un padre también insoportable, una plaza con luces y caballitos, un dj y una go-go de tercera, una sirenita de plástico… Y todo eso independientemente de que se nombren Terremolinos, San Juan, Salou o Benidorm. Así lo cantaba El Cometa Errante en Benidorm es mi torre de Babel: “Mermelada con jamón, / con Los Chichos, Chrisie Hynde, / Benidorm es guay. / Jubilados de Gijón, / Los Chunguitos, Chrisie Hynde, / Benidorm es guay. / Benidorm… es mi torre de Babel”.

Sea como fuere, quien más quien menos, todos buscamos inútilmente una playa virgen o casi. Los hay que dicen haber encontrado  ese éxtasis que permite aún a los enamorados descubrir el rayo verde cuando al atardecer el sol se hunde en el horizonte de la Cala de Benirás, en la isla de Ibiza. Tal vez sea así o tal vez sea porque unas horas antes del crepúsculo dos o tres individuos han comenzado a tocar sus djembés y otros instrumentos de percusión, y con su ritmo todo acaba en un bum ta bum ta ta ta bum lisérgico, y te marchas en el coche a tomar un increíble cóctel en las tumbonas de Kumaras, acompañado por el sonido del chill out y del mar. En compañía de Afterlife, por ejemplo, y su Dub in ya mind [http://www.youtube.com/watch?v=h8eBzkAFraI], o de cualquier otra melodía incluida en la muy aprovechable serie Café del Mar.

Menos exótica pero igual de contundente en lo sensorial es la Gran Duna de Pyla, una enorme formación de arena natural costera acumulada en el litoral aquitano del golfo de Vizcaya, a la entrada de la bahía de Arcachon. Su cresta es la más alta del continente europeo y se extiende sobre 87 hectáreas de superficie, casi tres kilómetros de costa lineal y hasta 500 metros de bosque del Parque Natural de las Landas de Gascuña, hacia cuyo interior penetra año a año inexorablemente. Y, claro, desde semejante atalaya, tan recomendable, quién va a despreciar las tentaciones cercanas de los pueblitos de Cap Ferret o de la propia ciudad de Arcachon, estación balnearia que fuera para las clases acomodadas del siglo XIX, sus ostras con crepinettes o con foie-gras, crudas, con verduras, calientes, en broquetas, en gratín o rellenas; y un buen vino blanco de Burdeos, naturalmente, dulce, seco o espumoso, mientras suena al fondo una desconocida canción francesa, inolvidable ya para toda la vida: Difference, de Isabelle Mayerau, pongo por caso [http://www.youtube.com/watch?v=mWz5fAOoP3o].

Y, por supuesto, imperecederas, aunque oxidadas por el tiempo y otras erosiones, resultan las playas que fueron mito de juventud o simple ensoñación de una noche de verano. Posiblemente, todavía se paseen por ellas cuerpos desnudos y se celebren misas espontáneas a la luz de una vieja luna, de una guitarra acústica o de una brasa compartida. Posiblemente sigan apareciendo mirones textiles en el acantilado y algún hippie trasnochado a la búsqueda de la identidad perdida. Posiblemente no merezca la pena revisitarlas para que permanezcan inmaculadas en el recuerdo, tal y como quedó sepultada aquella vida libertaria en una vitrina inalcanzable. Posiblemente los surfistas sean hoy los dueños de Xagó, las urbanizaciones pugnen por colonizar el entorno de Torimbia o no quede nadie a quien sacrificar en las Islas Cíes.

Para todos quienes un día se perdieron en ellas o están a punto de hacerlo, he aquí nuestro colofón de canciones como acompañamiento: la muy doctrinal Playa Girón de Silvio Rodríguez [http://www.youtube.com/watch?v=gmOK3NmcDOE], la muy inevitable Cuando calienta el sol de Los Hermanos Rigual [http://www.youtube.com/watch?v=gBpcy0Vnnas], la muy divertida Mari Pili de Ejecutivos Agresivos [http://www.youtube.com/watch?v=3Q6QXpc6op4], la muy delicada Días de playa de Javier Krahe [http://www.youtube.com/watch?v=0DkWZGimCDI] y, en fin, cualquiera de las eternas melodías de los Beach Boys, que por algo eran los chicos de la playa.

Publicado en Revista SABA 4, julio 2014

martes, 10 de junio de 2014

John / Adams


     Pocos repertorios tan generosos como el de Elton John parecen dispuestos a ser ampliamente recreados. Sin embargo, no es así, aunque excepciones hay, como veremos. Son abundantes los dúos y colaboraciones, pero pocos los que se atreven con un material tan personal, tan matizado en cientos de actuaciones, que cualquier versión es un riesgo extremo no al alcance de cualquiera.

     De hecho, la oferta que hoy figura en cartel, el trabajo de Oleta Adams sobre Don’t let the sun go down on me, apenas se aventura por novedosos senderos o por innovadoras variantes. Podría parecernos incluso una copia directa del original. Pero no es tal, si bien se escucha. El color de la voz, como el de la piel, es a veces un elemento suficiente para romper el molde; y en este caso esos colores, voz y piel fundidas, renuevan los registros de Elton John mucho más allá de los años con que la canción y el artista han crecido y de los cientos de interpretaciones en directo que hoy la red nos permite comparar. ¡Vaya que si merece la pena comparar!

     John venía del éxito definitivo. Su séptimo álbum, «Goodbye Yellow Brick Road», ahora recién restaurado en su 40 aniversario, fue sin duda su disco más popular. Al año siguiente llegó «Caribou», mucho más ligero que su precedente, aunque escondía esta tonada prototípica del cantante inglés: melodías en su punto y textos, de Bernie Taupin, con el sentido exacto de la nostalgia. Ésa fue siempre la receta. Por su parte, Oleta, integrante de esa factoría extraordinaria e inagotable que reúne el soul, el jazz y el gospel, firmó esta versión en el disco del año 1991 «Two Rooms: Celebrating the Songs of Elton John & Bernie Taupin», la excepción de la que hablábamos arriba. Un álbum de tributo, todo él consagrado a la producción de nuestra pareja de referencia, donde, junto a Oleta Adams, participaron Eric Clapton, Rod Stewart o The Who, entre otros. Comercialidades aparte, lo cierto es que el sello de Adams sería suficiente para dejar de lado nuestros prejuicios para con estos productos.

     Es más, otros tributos semejantes y con mejor resultado nos ocuparán en próximas entregas. Por ejemplo, los dedicados a Leonard Cohen, Bob Dylan o John Lennon.  Mientras tanto, para los muy puristas, sirva esta excusa de hoy para volver sobre la reedición comentada antes, la del magistral «Goodbye Yellow Brick Road», “la raíz kármica”, según Taupin, de una exitosa asociación que ya jamás volvería a brillar así.

Publicado en genetikarockradio.com, 10 junio 2014