Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

sábado, 30 de agosto de 2014

Clash / Kortatu


     Vale, reconozcámoslo: quisimos ser revoltosos. Hasta cierto punto, por lo menos. Y tuvimos nuestros modelos musicales para ello. A unos les dio por la senda de Los Chichos y la épica del Vaquilla. A otros, mejor catequizados seguramente, nos sedujo el punk inglés y sus muchas secuelas. Y fue precisamente en los Clash en quienes durante una época quisimos reencarnarnos. Luego se nos curó.

     El caso es que los Clash nos atrajeron siempre, mucho más que otros grupos tan o más emblemáticos. Debió de ser porque sus espontaneidades no se quedaban en eso sólo, sino que se intuía un mayor trabajo. También, probablemente, porque sus canciones iban bastante más allá de ripios graciosos o posturas desafiantes, tenían intención. Incluso porque había elaboración musical, eso que llaman concepto, en lugar de simples acordes enlazados con o sin fortuna. O tal vez por todo lo contrario, qué importa ahora, a quién tenemos que dar explicaciones que no sea a nosotros mismos.

     De su álbum de 1979, «London calling», el más señalado sin duda y no sin razón, el de la portada estelar, elegimos un cantable modesto, Jimmy Jazz, a pesar de que fueran otros los que encabezaron la gloria, también con razón. Es una canción narrativa, la crónica de un personaje, la generación de un mito menor, como todos los que acababan siendo susceptibles de cierta idolatría en el mundo del rock & roll, ya se llamasen Jimmy Jazz, Johnny B. Goode o [Hey] Joe. Entre tantos mensajes sobre desempleo, sobre conflictos raciales y sobre drogas que llenaban el resto del repertorio, de repente esta historia colateral lo resumía todo y permitía inventarlo todo. De ahí, pues, su recuperación en este espacio.

     Pero también, claro, porque el grupo vasco Kortatu la recogió para su propio catálogo, tal y como habían hecho con otras influencias de los propios Clash. Fue en 1985, en su primer álbum de estudio. Allí aparecía una versión en castellano y decididamente skatalítica de Jimmy Jazz, bien arreglada en su texto para una realidad nada británica, sino más de aquí. Con ellos, con La Polla Récords, con Barricada y con otros grupos del norte conocimos también otro acento del famoso conflicto vasco de una manera bastante más seria que lo que da de sí hoy en día el crucigrama ñoño a base de ocho apellidos. Nos curtió la música y nos lavó los prejuicios mucho más que lo pueda hacer en la actualidad ese cine de éxito masivo.

     Así que nada, aquí quedan esas crónicas de antihéroes, que es lo máximo a lo que pudimos aspirar cuando quisimos ser revoltosos.

Publicado en genetikarockradio.com, 2 septiembre 2014 

martes, 26 de agosto de 2014

Salarios y precios


     Hubo un tiempo, no hace tanto, en que la relación entre precios y salarios era más que evidente, hasta el punto de que los primeros servían de referencia para los segundos. En el desbarajuste actual parece que ya no es así, al menos en lo que se refiere a aquellas viejas (¿recuerdan?) cláusulas de revisión salarial o similar; y mucho menos todavía para la legión creciente de trabajadores y trabajadoras informales. Pero el caso es que el sistema siempre necesita de vínculos entre sus partes, aunque hayan de ajustarse, y en el caso que nos ocupa resultan más que necesarios.

     Hoy la situación de salarios y precios es, no casualmente y a la par, lamentable si hablamos en términos generales. Los primeros en constante devaluación; los segundos al borde de la deflación. Aparte de ser una consecuencia más de las fracasadas políticas anticrisis, se trata de un estado vegetativo muy desfavorable para cualquier recuperación. Más todavía si atendemos a la quiebra de otros factores que al parecer nos venían dando aliento: la detención del crecimiento en Europa, la caída de las exportaciones, etc. Sorprende por eso escuchar al Secretario de Estado de Comercio valorando positivamente el déficit comercial del mes de junio porque, según él, la demanda externa va siendo sustituida por el consumo interno. ¿Qué consumo? ¿Con qué salarios? ¿A qué precios? Como sorprende escuchar al Presidente de Gobierno presumir de crecimiento frente a terceros que, evidentemente, han dejado de comprarnos. Incluso dejarán de visitarnos, que es la otra gran fuente de nuestro pobre alimento.

     Lo que importa y urge es recuperar equilibrios. Para ello sería bueno el impulso de los salarios corrientes, para que a su vez animen, sí, el consumo real y cierta normalidad en los precios. Para empezar, la mayor contribución debería hacerse desde el incremento del salario mínimo (y a ser posible decente) y la bajada del precio de los alimentos y la energía del hogar, reduciendo el IVA de los productos de primera necesidad.

Publicado en La Nueva Crónica, 26 agosto 2014

jueves, 21 de agosto de 2014

La pérdida de conocimiento


     En esto consiste desmayarse y en ese estado se encuentra la universidad española (probablemente también la europea), si bien es cierto que lo suyo es mucho más que un soponcio, es decir, que supera cum laude el simple síncope de duración breve. Lo resumía hace escasas fechas el filósofo José Luis Pardo, para quien “en España continúa gestándose políticamente un programa que lo que realmente pretende es que haya menos Universidad y que sea menos pública, que el conocimiento sea cada vez más superficial y sus portadores cada vez más adaptables, más manipulables y, como consecuencia, más infelices”.

     Obsérvense los adjetivos elegidos por el ensayista: superficial, adaptable, manipulable e infeliz. Los cuatro nos refieren a este nuevo tiempo poscontemporáneo del que nada escapa, ni siquiera el conocimiento y sus templos.

     Todo empezó hace décadas con la multiplicación de campus, más bien motivada por razones políticas provincianas que por la descentralización del saber, el cual, surtido de un adecuado sistema de becas, hubiera llegado por igual hasta los últimos terminales del aprendizaje. Le siguió después la apertura a la iniciativa privada, esto es, a la mercantilización de títulos en la mayor parte de casos, que nos ha conducido hasta el absurdo de que una región como Castilla y León cuente hoy con cuatro universidades públicas y otras cuatro privadas, más las fórmulas a distancia. Vino a continuación Bolonia y la implantación de los modelos empresariales, para quienes el conocimiento es sólo una utilidad técnica al servicio del aparato productivo sin más consideraciones. Casi en simultáneo llegaron las crisis y sus ajustes, lo que condujo a la promoción de jubilaciones, a la no renovación de plantillas y a la subida de tasas académicas junto a los nuevos planes y tiempos de estudio, o sea, el grado y el máster. En suma, toda una construcción que, en realidad, no es otra cosa que una destrucción al servicio una vez más de las élites.

     Evidentemente, no era soportable la universalidad del acceso al conocimiento y que ello permitiera una movilidad social excesiva e impropia para los poderes conservadores. Fue bonito que el hijo del obrero llegara a la universidad, pero hasta cierto punto. Para evitar la igualdad, que ya no se lleva, se inventaron los viejos másteres y los cursos de excelencia a precio de mercado (ya se sabe: talón de papá o crédito bancario). Cuando esto no fue suficiente, vinieron los grados como una prolongación de las enseñanzas medias que, en el mejor de los casos, habilitan para una oposición a funcionario, y que ahora buscan reducir todavía más su duración. Y, claro, quien pretenda ser algo más que un despreciable empleado público que se pague los postgrados y doctorados o que se matricule directamente en una universidad privada. No otra es la consigna.

     La cuestión ahora es si importa a alguien la universidad pública. Parece evidente que no a los gobiernos; da la impresión de que no mucho a la comunidad universitaria, perdida en la gestión de las estrecheces, en el feudalismo y en superar la vieja endogamia. Y, por supuesto, casi nada al común de los mortales, salvo para que Ponferrada clame por la marginación del Bierzo en el mapa regional de carreras. En suma, todo ello nos muestra el escaso valor que el conocimiento tiene en esta edad recién estrenada. Sobre todo en algunos rincones del planeta, donde todavía resuena la barbaridad de uno de los genios del franquismo: “menos latín y más deporte”.

Publicado en Tam Tam Press, 21 agosto 2014

domingo, 17 de agosto de 2014

Dylan / Collins / Beck & Seal


     Lo normal es que las versiones evolucionen al paso de las generaciones, de los estilos o de las modas. Lo extraño es que los contemporáneos, que suelen competir entre sí por ventas y público, se dediquen a recrearse aunque sea en diferido. Sucede así cuando el original es de otro mundo, divino desde el principio de los tiempos, como Bob Dylan.

     Dylan, de la quinta del 41, grabó Like a rolling stone en 1965. Ya era un tipo popular, con cinco álbumes por delante, y lo sería aún más hasta nuestros días merced a una producción aún bien viva. Después de haber sido referencia para la música folk, construía por aquel entonces el puente hacia los espacios más amplios e innovadores del rock, cuyas esquinas ha apurado hasta el límite. Difícil es, pues, y osado identificar con una sola canción al artista de Minnesota, pero, con todas las reservas, posiblemente sea ésta la que le situó para siempre en el altar de la historia universal de la música. Incluso en lo literario se permitía también romper moldes y transitar por el camino de la ruptura de los mitos, que empieza precisamente por romperse a sí mismo, tal y como ha sucedido en varios momentos de su vida y de su trayectoria creativa.

     Judy Collins, de la quinta del 39, regrabó la pieza en 1993, muchísimo tiempo después de que otros ilustres se le adelantaran, como Jimi Hendrix sin ir más lejos. Sin embargo, lo suyo tiene un mérito especial: contemporánea de Dylan y casi siempre a su sombra en la primera época de ambos, da la impresión de que necesitó perspectiva para perder el respeto al ídolo, algo bastante común en las gentes nobles, hasta atreverse casi treinta años después a culminar el sacrilegio de grabar todo un disco con canciones del dios, «Judy sings Dylan». No aporta mucho, es verdad, pero ilustra la cortesía y la consideración con el que los buenos alumnos beben de los buenos maestros.

     Jeff Beck, de la quinta del 44, acompañó con su guitarra a la voz de Seal, veinte años más joven que todos, en la versión de 2012 que se incluyó en el disco «Chimes of Freedom. The songs of Bob Dylan». Aparte de su larga carrera, la carta de presentación de Beck, si fuera necesaria, no es otra que la de haber compartido banda con Eric Clapton y Jimmy Page allá por los años sesenta, The Yardbirds. Curiosamente, es después de una larga vida personal de mezclador de estilos, como un rolling stone cualquiera, cuando aterriza en el contorno de esta canción para resaltar los ritmos y las sutilezas detrás de la voz del cantante negro. Y sí, merece la pena tras tantos años confirmar la vitalidad del clásico.

     En suma, que los caminos del señor son inescrutables; y cuando el señor se llama Bob Dylan siempre se puede esperar de él y de toda su cohorte más alimento para el alma y el cuerpo de los pobres mortales. No de otra manera sobrevivimos y damos testimonio. Amén.


Publicado en genetikarockradio.com, 19 agosto 2014

martes, 12 de agosto de 2014

¿Qué contratación?


     De mes en mes o de trimestre en trimestre, según se trate del paro registrado o de la Encuesta de Población Activa, disputamos en interpretaciones de cifras que al cabo nos dejan fríos. Quizá porque son simples cifras y el sentir de la realidad, en cambio, se expresa con otros códigos.

     Estadísticas y números son susceptibles ciertamente de valoración distinta según la posición de partida de cada cual. A lo largo de este año se insiste mucho en el crecimiento del empleo, lo que se traduce para el Gobierno y su claque en un cambio de tendencia o de ciclo, que no siempre es lo mismo. Conviene, pues, preguntarse por qué tipo de contratos son ésos que al parecer nos están salvando. Y al examinar la última comparativa que conocemos relativa a la provincia de León, la del Observatorio Provincial de Empleo, descubrimos datos a tener en cuenta.

     Es verdad que el número de contratos registrados en la provincia durante el segundo trimestre de 2014 ha crecido un 35,58 % sobre el anterior, pero de los 28.051 nuevos contratos no llegan ni a una décima parte los indefinidos, mientras que la temporalidad crece casi un 40%. Curioso es también observar que la afiliación a la Seguridad Social en nuestra provincia creció ligeramente en el mes de junio, un 0’62%, aunque se mantiene casi en los mismos niveles de un año atrás. Es decir, no existe correspondencia entre el aparente crecimiento de la contratación y la afiliación, lo que nos descubre también la calidad y cualidades de la primera. Un cuadro, por cierto, muy similar en todo el Estado.

     Lo mismo que a todos afecta, puesto que las horas que exceden de las 42 semanales son ilegales, se retribuyan o no, que en 2013 se realizaran en España 11.561.538 de esas horas cada semana, las cuales, convertidas en puestos de trabajo, hubieran dado empleo al 93% de las personas que lo perdieron ese mismo año. De paso, la Seguridad Social habría ingresado 2.842 millones de euros y el gasto en prestaciones por desempleo se habría reducido en 1.627 millones.

Publicado en La Nueva Crónica, 12 agosto 2014

domingo, 3 de agosto de 2014

Kinks / Sade


     El verano es propicio también para las resurrecciones de todo tipo. Los festivales de música, cuestionados o no, y otras giras de temporada devuelven al primer plano de la actualidad a figuras que a veces creíamos para siempre en un olimpo sin retorno. Lo de los Rolling es el paradigma último y casi de toda la vida, podríamos decir. Pero hay más, bastantes más, este verano, cualquier verano.

     Por ejemplo, nos hemos fijado en Ray Davies, que se ha paseado el mes pasado por la geografía española, desde Cartagena a San Sebastián, parece que con cierto éxito. Eso sí, como en muchos otros casos similares, nunca se sabe bien si su buena ventura se debe al vigor presente o al poderoso eco de lo que acumula este padrino del rock británico. Porque, no lo olvidemos, los méritos de Davies son en realidad los méritos de su grupo, los Kinks, cuya trayectoria arranca en 1964 y culmina la que podría ser su época dorada más bien a principio de la década de los 70. No clausuraron ahí su producción, es verdad, pero tengo serias dudas de que lo posterior a aquella era primera les hubiese colocado en el mismo lugar de la historia.

     En suma, que Davies está vivo, o resucitado, e incluso amenaza con una vuelta de la banda a los escenarios, según declaró en la rueda de prensa previa a la 49 edición de Jazzaldia. Está bien, sus canciones seguramente tienen todavía evolución, bien a través de ellos mismos, bien a través de otros, como se ha demostrado con los años. Sobre todo porque eran buenas canciones y eso es lo que a nosotros nos importa, más allá o más acá del culto a las glorias.

     Lola fue y es una de las más bonitas sin duda. Apareció en single en 1970, extraída del álbum «Lola versus Powerman and the Moneygoround, Part One». Desde luego, a su éxito comercial contribuyó tanto la anécdota que la inspiraba –un turbio romance pasajero- como la controvertida referencia a un refresco, que generó regrabaciones de última hora. Pero, aún así, no podemos dudar de los méritos naturales de la canción y de su melodía más que pegajosa. Así lo han entendido al menos grupos que después la han recreado en muy dignas versiones: Madness, Bad Manners y Robbie Williams. Aunque la opción que nosotros hemos elegido es la de otro grupo de vida mucho más efímera y menor fama, la de Sade.

     Fue en 1984 cuando estos tardíos punks valencianos, o algo así, hicieron su aportación más que excelente a la colección de versiones de los Kinks firmadas por numerosos grupos españoles: M-Clan, Los Mustang, Siniestro Total, Los Salvajes y sobre todo (extraordinaria variante del You really got me) Los Cardiacos. Lo de Sade fue tan fugaz que apenas nos queda en la memoria esta grabación hecha para D.R.O. en sus mejores momentos, un maxisingle donde sonaban también Sal de frutas y Alí Mustafá. De todos modos, su interpretación y adaptación al español de Lola es de las que dejan huella.





Publicado en genetikarockradio.com, 5 agosto 2014

martes, 29 de julio de 2014

Privatizar la enfermedad


     Hace unos años, el filósofo alemán Boris Groys escribía lo siguiente: “el valor fundamental de las sociedades capitalistas es la salud. Si se ve hoy el amor con buenos ojos, y ya no es esa tragedia que contaban los románticos, es porque han comprobado que practicarlo es saludable, que hacer el amor reduce el estrés o cosas por el estilo. También en Estados Unidos se considera que es bueno pensar una media hora al día porque ha habido estudios que han demostrado que se trata de una actividad que, siempre que no se abuse, genera unos procesos químicos que son provechosos para la buena salud. No hay otra opción para disentir que reivindicar la infelicidad, la enfermedad, el fracaso, la ruina”.

     No sé muy bien si lo entendimos acertadamente entonces, pero de lo que no cabe duda es de que hoy cobra un sentido absoluto y fácil de comprender entre nosotros. Superados los procesos iniciales que nos conducen hacia la privatización total de la sanidad, previo descrédito y destrucción del sistema público, hemos llegado al fin a un nuevo estadio en el que se pretende directamente privatizar la enfermedad. El arma para tal propósito son las mutuas y la generosa cesión que el Gobierno les ha hecho en la Ley recién aprobada para que vigilen nuestras dolencias comunes, nuestras altas y bajas, y, en paralelo, supervisen o desautoricen a los profesionales del sistema público. De paso, se cuestiona además, de forma injusta, la capacidad del Instituto Nacional de la Seguridad Social, del Servicio Público de Empleo y de otros medios públicos para gestionar numerosas otras prestaciones. Y, sobre todo, se hace sin profundizar en el control público de dichas entidades, a pesar de los casos de malversación de recursos por parte de algunas mutuas muy señaladas.

     Estos son los nuevos tiempos que los poderes nos diseñan. Nos quieren malsanos a toda costa, no sanos; nos quieren ocupados como sea, no empleados con dignidad; nos quieren de cualquier manera. Nos quieren mal. ¡Viva la enfermedad!

Publicado en La Nueva Crónica, 29 julio 2014

martes, 22 de julio de 2014

Armstrong & Fitzgerald / Joplin / Kidjo


     Muchas son las canciones del verano perfectamente prescindibles. Sin embargo, hay otras canciones de verano (obsérvese la diferencia) que son algo así como la canción de la vida para muchos de nosotros. A veces por su pervivencia a pesar de las edades; en otras ocasiones porque evolucionan con nuestro existir. Pero una de ellas al menos aúna las dos vertientes: Summertime.

     La verdad es que, Sonatas de Vivaldi aparte, casi ningún otro cantable goza de esta cualidad: su evolución a lo largo de décadas es, salvando distancias, la misma evolución de nuestro existir y, para quienes nacimos y crecimos en la pasada centuria, su resistencia al ocaso es también algo así como el eco de nuestro propio ser. Ello a pesar de que su origen es bien remoto, pues la compuso Geroge Gershwin nada menos que en 1935 para la ópera «Porgy y Bess». Pero su relevancia es tal que si buceamos entre el montón de versiones que se han sucedido después, podremos reproducir a través suyo buena parte del itinerario de nuestras vidas.

     Empecemos por la que grabaron Louis Armstrong y Ella Fitzgerald a finales de los años 50. Como ellos dos, los nuestros eran entonces veranos en blanco y negro, veranos en sepia, veranos como mucho en rosa y amarillo, aquellos veranos de ayer que guardamos en nuestros álbumes de fotos y de canciones; o tal vez ni siquiera eso, tan sólo en la vaguedad del recuerdo. Éramos unos críos y nos llevaban de acá para allá, de las playas de Alicante a los arenales gallegos, de los domingos en Gijón a la verbena de Armunia. Y así, tal y como fuimos creciendo y sustituyendo esos paisajes por las playas de Llanes y de Torimbia y por los riscos de Tablada y Picos de Europa, del mismo modo aquella melodía fue poco a poco reemplazada por la que interpretara Janis Joplin ya en 1971 (el disco salió a la luz seis semanas después de su muerte). Luego, la impronta de los veranos con Janis ha perdurado durante bastantes años, exactamente el mismo tiempo que dura una juventud con límites cada vez más y más imprecisos; no importó que por el medio circularan también sucesivos arreglos por parte de Miles Davis, Lila Downs o incluso Marilyn Manson entre otros muchos. Solamente cuando descubrimos la recreación que hizo Angelique Kidjo al borde del presente siglo, supimos que habíamos llegado por fin a la edad adulta, a un nuevo verano sin retorno, bien a pesar de que no hayamos dejado de completar el escenario estival con nuevas estaciones en Berlín, en Braganza o en Bretaña.

     El caso es que, como acabamos de explicar con una sola muestra, la denostada etiqueta “canción del verano” tiene muchas otras acepciones y no precisamente despreciables. Decía el poeta Benjamín Prado que “todas las canciones terminan por ser tristes, por ser la banda sonora de algo que has perdido”. Tal vez sí o tal vez no. Lo cierto es que algunas de ellas escapan de esa maldición y van y vienen, como nosotros mismos, y son eternamente en nosotros. Aunque muten del mismo modo que lo hacemos los vulgares mortales.
L. ARMSTRONG & E. FITZGERALD: http://www.youtube.com/watch?v=LDF4_qVgbFU

Publicado en genetikarockradio.com, 22 julio 2014

martes, 15 de julio de 2014

De vacaciones


     Si no fuera por lo obsceno que resulta decirlo frente a varios millones doloridos de sus habitantes, este país está a punto de irse de vacaciones si no lo ha hecho ya. Parece cosa natural, como un simple cambio de hoja en el calendario: lo mismo que a junio le sucede julio, a los meses de trabajo le siguen los días de vacación. Está bien que así sea, que se perciba como un hecho consumado, pero igualmente sería bueno que nos detuviésemos a valorar tal advenimiento.

     Como bien deberíamos saber a estas alturas, no estamos ni mucho menos ante un acontecimiento surgido de la nada o venido de la dudosa generosidad de los poderes, sean éstos los que sean en cada caso. Todo lo contrario, es el resultado de una conquista que costó años, que supuso sacrificios y que, finalmente, adquirió un sentido universal a pesar de que no fue con toda seguridad un amplio universo el que peleó por ello. Lo mismo ocurre, claro, con otros derechos laborales o sociales alcanzados sobre todo a partir de la revolución industrial y durante el pasado siglo: descansos semanales, jornada laboral, cobertura de bajas por enfermedad, etc. Ni que decir tiene que a la extensión de todo ello ha contribuido como la mejor herramienta la negociación colectiva y el llamado diálogo social.

     Esos beneficios, como hemos señalado, son y deben ser necesariamente universales. No importa el grado de implicación de los individuos en su consecución, es algo de todos y de todas, lo cual tiene su contrapartida en un sistema de relaciones laborales como el español: la figura del free rider (el gorrón), aquél que obtiene las mejoras sin necesidad de implicarse lo más mínimo, un personaje cada vez más presente en estos tiempos de creciente parasitismo social.

     Ahora bien, lo más importante para los unos y para los otros, para los comprometidos y para los aprovechados, es reconocer un principio fundamental: los derechos no se heredan, se luchan generación a generación. Tal vez esto explique en parte por qué estamos como estamos.

Publicado en La Nueva Crónica, 15 julio 2014

viernes, 11 de julio de 2014

De los videntes a los griales


     Náufragos en el mar de confusión, pasajera o permanente, de los tiempos poscontemporáneos, las certidumbres se persiguen como el pan, como el techo o como el trabajo, las otras tres carencias de la época. De modo que, sometidos por el ansia o por la pura necesidad, dispares se nos muestran al cabo las formalidades de esa búsqueda sedienta, algunas de las cuales ayudan también a comprender este contexto torcido.

     Obsérvese el caso, por ejemplo, del individuo de color más bien oscuro que reparte por las calles de esta ciudad de provincias octavillas con la siguiente inscripción: “Maestro Sako. Auténtico vidente espiritual africano”. Léanse acto seguido los diarios locales, e incluso nacionales, y repárese en el siguiente titular repetido en varios formatos y ediciones: “¿Está el Santo Grial en León?” (ABC 29/03/2014). Videntes, no cualquier vidente, y griales, no cualquier grial, unidos pues por un azar que no necesariamente es tal, sino un signo más de lo que apuntamos. Rarezas en suma para iluminar con una u otra fe esta edad rara.

     Sin entrar en su verosimilitud, son asuntos los dos extraordinarios, impropios al menos de la edad pretérita. Conservan de ella, sin embargo, la pervivencia del hecho religioso en su vertiente más fantástica, una constante eterna del género humano, ya se trate de lo curativo o milagroso, ya sea de lo mágico o místico subido de tono. Uno y otro aúnan además el exotismo y la leyenda, modalidades siempre exitosas para escapar de lo real y de lo inmediato, que se rechazan por adversos. Mas lo extraño en verdad es este continente que los acoge, este espacio eternamente monótono y repetido sobre sí mismo durante siglos, esta ciudad de piedras muertas donde lo insólito, como mucho, eran sus peregrinos jacobeos y donde las leyendas eran de lobos o de vírgenes aparecidas. Es el nuevo mundo competitivo y transfronterizo el que ha aproximado hasta nuestras puertas la espiritualidad africana y el que nos lleva a figurar que al interior de ellas habita el cáliz divino que atraerá el fervor y la curiosidad de nuevas masas viajeras. Es decir, el dinero.

     Así pues, donde fueron curanderos y confesores de toda la vida se sitúan hoy adivinos y hechiceros; donde fue por siglos el gallo de San Isidoro, son ahora las sagradas formas de un grial presuntamente sagrado. Todo, eso sí, con afán de prolongar el hechizo sobre lo cotidiano y extenderlo en lo global para importar visitantes: unos dejarán su óbolo, otros tratarán de recaudar el suyo, todo un intercambio económico entre el más allá y el más acá con sede en un geriátrico. No nos salvarán ni las industrias ni las tecnologías, no la harán ni la ingeniería ni las humanidades, no: el futuro por estos páramos vuelve a ser el pasado dado la vuelta. Las autoridades lo celebran ya encantadas, mientras se zambullen a su vez en otro eslogan ajado –la cuna del parlamentarismo-, y la ciudadanía toda aguarda el zumo de ese cáliz también para bañarse en él. Lo dice el propio Maestro Sako en su propaganda volandera: “no hay problema sin solución”, que es lo mismo a la postre que recogía el refranero en sus sentencias: “el que no se consuela es porque no quiere”. Por lo visto, hasta los refranes van a convertirse en cronistas de la ultraposmodernidad.
Publicado en Tam Tam Press, 11 julio 2014